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jueves, 20 de junio de 2024

De la violencia sexual

 Justo ahora estoy haciendo unas capacitaciones sobre protocolos en instituciones de salud pública frente a usuarias que son víctimas de algún tipo de violencia. Sobre todo la violencia sexual.


Entonces leo y me surgen distintas emociones, pero también recuerdos.


Por ejemplo, recuerdo los abusos y cuando me salvé de ser violada en un callejón, aunque parezca increíble.

Primera. En el bus

Tenía dieciséis. Iba en el transporte público. Esa ruta me dejaba a una calle de mi casa y lo tomaba para volver de la escuela. Un señor mayor se sentó a mi lado. Yo estaba del lado de la ventana. Por lo común ponía mi mochila en mis piernas, así que el peso de algo en ellas no era extraño para mí. Pero empecé a sentir presión y lo primero que hice fue intentar disociarme: esto no me puede estar pasando a mí mientras seguía viendo por la ventana. Fue cuando sentí su intención de ir más hacia adentro de mis muslos cuando grité "¡Señor, me está tocando la pierna!" y él solo respondió "Perdón, mijita, no me di cuenta". Por supuesto nadie dijo nada y yo tuve que viajar otros 20 min. a su lado. Cuando iba a bajar del bus, le pedí que se moviera y solo se giró. Le dije que no podía pasar por ese espacio y se levantó. O en mi cabeza así fue. Llegué a casa y le conté a mi mamá. Me dijo que no volvería a irme en un camión, que ella iría por mí. Pero fue ahí cuando entendí que ese gesto de violencia al mismo tiempo me estaba limitando de usar el espacio público. Y me enojé. Mucho. Por eso decidí apropiarme de él, hasta que pasaron otras cosas...

Segunda. En su casa

Tuve un amigo en una ciudad en la que se sentía muy solo. Acababa de divorciarse. Tenía como 25 años, él; yo, 21. Decidí pasar una noche con él porque era mi amigo y quería que se sintiera acompañado. Jamás pensé que mientras yo lo consolaba sin ninguna intención sexual, él pensara que abrazarlo mientras lloraba fuera una invitación a besarme y a tratar de masturbarme. Yo solo recuerdo estar en shock. Y, de nuevo, esa necesidad de disociarme: no me puede estar pasando a mí. Además de pensar en muchas cosas más, como que estaba en una ciudad desconocida con la única persona que creí que podía confiar. Estaba sola, sin ningún lugar a dónde correr. Era más de medianoche. Tenía miedo. Estaba paralizada. Pasaron unos minutos mientras él me seguía besando, hasta que se dio cuenta de que no había respuesta y entonces me pidió perdón y llorar por "ser un estúpido". Ya no le volví a hablar.


Tercera. El callejón

Volvía de la fiesta. Vivía en una ciudad de callejones. Era tarde. Siempre que me metía a un callejón volteaba con frecuencia hacia atrás. Ese día me pasé de copas y solo quería mi cama. No escuché ningún ruido. Metí la llave en la cerradura, estaba a pasos de mi cama. Mi mano fue capturada por la de él. Me empezó a jalar hacia él. Jamás dijo una palabra. Solo insistía en jalarme hacia él. Yo tuve que pensar rápido con todo y la borrachera que traía encima. Comencé a decirle "Suéltame, no va a pasar" repetidas veces. Decidí no gritar por miedo a que se pusiera violento y ahí sí, ni qué posibilidad de salvarme. Insistí en el "Vete a dormir, no va a pasar" hasta que decidió soltarme y se fue. Así, como si nada. Yo entré a mi casa y lo primero que hice fue vomitar. No recuerdo su cara, ni al día siguiente ni ahora, 6 años después. Pero a veces me pregunto: ¿cómo habrá sido el día siguiente para él?, ¿habrá creído que lo soñó?, ¿o se habrá dado cuenta de que intentó a violar a una chica en un callejón?


sábado, 1 de enero de 2022

Querido diario:


Cerré el 2021 con una especie de promesa que es, a su vez, una reafirmación de compromiso con las juventudes. Conocí a una adolescente de 14 años que me recordó a mí porque le gusta leer. Platicamos un buen rato y compartimos las experiencias que derivan de ese placer, principalmente las que empiezan cuando cierras el libro. Es una actividad que suele ser solitaria, sobre todo durante la pandemia, y a eso le agregamos lo poco popular que es. Quise platicar mucho con ella porque tengo la experiencia de haber crecido con comentarios que me marcaban como rara en todos mis espacios. Supongo que por eso mismo, desde la adolescencia, empecé a celebrar esa "rareza" con la que siempre me calificaban. Después eso se convirtió en elogios de inteligencia y aunque no me siento cómoda en ese adjetivo, sobre todo en los últimos años, sigo asombrada por cómo esa rareza le ha dado tanto sentido a mi vida. Me gusta más pensar en ser estratégica: ser creativa para proponer, pasar de la palabra a los actos y aterrizar la teoría en la práctica.

Pero bueno, continuando con esta morra, me contó que le interesa saber cómo eran las mujeres antes para poder comparar cómo ha cambiado el machismo entre los tiempos actuales y aquellos. Les prometo que ella solita sacó el tema. Y bueno, basta conocerme poco como para saber que me volví loca de la emoción. Me terminó preguntando qué significa ser mujer para mí y pensé: "Rayos, si supieras que es la pregunta que aún no logro resolver a pesar de que tengo años dándole vueltas y leyendo a mujeres que le han dado vueltas desde hace décadas. Me haces la pregunta del siglo". En fin, con pocos ánimos le dije en breve que, para mí, ser mujer es una ficción. Y luego pensé que al mismo tiempo no lo es. Ya lo sé, pero, ¿cómo comenzar a explicarle las violencias hacia las mujeres que han sido fuertemente instaladas por las colonizaciones y el capitalismo en alianza con el patriarcado?, ¿cómo le digo que la misoginia se basa en la jerarquía derivada de "la verdad del sexo" que nos pone en sitios de diferencia y subordinación desde los esencialismos? Esas son pocas de las preguntas que recuerdo que me surgieron.

Por si fuera poco, me contó que sospecha que es lesbiana pero tiene mucho miedo de decírselo a su familia porque cuando ha preguntado sobre el tema solo le contestan que "Dios creó al hombre y a la mujer", y sabe que su papá es homofóbico, y su mamá le condicionó su cariño a la heteronorma (en mis palabras). Le conté que "los adultos" no lo saben todo aunque lo crean, y que incluso repiten explicaciones que escuchan en todos lados porque a veces eso es más cómodo que pensar en otras formas de comprender las situaciones. Sin embargo, no dejo de pensar que la explicación es "simple" y el amor debe estar en cada palabra. Entonces... nada, le dije que jamás sienta que está enferma o que hay algo malo en ella (me anticipé a lo que percibo que suele decirse sobre el tema), que las lesbianas existen pero que se habla poco de ellas porque en nuestras sociedades patriarcales no hay nada peor que no rendir culto a los hombres en nombre del amor. O peor aún, que explican el lesbianismo como un querer ser un hombre o que se es lesbiana porque no ha encontrado al "indicado". En fin, al parecer siempre se tiene que tratar de ellos.

Me quedé pensando en toda la información que me faltó decirle, o cómo pude haberlo dicho mejor. Y como no puedo regresar el tiempo lo único que se me ocurrió fue venir aquí a compartirlo. Estas charlas son verdaderamente intercambios. Tenemos tanto que aprender de las juventudes y les debemos tanto... Me tiró una bomba como un cubo de rubik, lleno de colores y posibilidades. 

viernes, 17 de diciembre de 2021

Por las abuelas no romantizadas ni románticas.

 -¿Volvería a casarse con él?- Inquirió el sacerdote frente a la conmovida audiencia eclesiástica congregada para la celebración áurea.

-No- Risas declaradas ante verdades incómodas que resonaron por todo el recinto. Sí, todos pensaron que ella bromeaba después de aguantar 50 años de convivencia diaria con un marido que insistió en inferiorizarla por su escasez de estudios escolarizados. Allá en ese pueblo del norte de Sinaloa, Navolato creo que le llaman, ella creció entre los campos agrícolas y el ganado. Aprendiendo y replicando las enseñanzas de lo que las personas con su sexo debían hacer en esa región. Legado cultural de corte patriarcal, diríamos fríamente con la distancia que el lenguaje académico de taxonomía tiene, nombrando como quien disecciona un animal Otro, extraño a la mismidad de las cosas, y que siempre puede ser colonizado.

Vaya regalo de quince años. Sí, en el mismo día del natalicio, 22 de diciembre, ella se unió espiritual y carnalmente a un hombre diez años mayor. En cada celebración de vida había un suspiro y un trago amargo por los otros 364, marcados diariamente por los escupitajos del hombre de iglesia y figura de decencia, que tuvo más hijos pero no con ella; que abusó de niñas en su sitio de autoridad escolar; que presumía en todos los sitios su impecabilidad moral con su familia, su trabajo y comunidad de la Iglesia. 

Por eso, cuando escucho los dolores de la abuela manifestados en rabia a sus 70 años, pienso que se está sanando de décadas de silencio. Por eso ella merecía ese momento de justicia para ella misma de denunciar públicamente su inconformidad con ese lazo, y todos lo recibieron con risas, aplausos y diciendo que qué ocurrente doña A., si don I. es un pan de Dios y además muy divertido. Escuchar a la abuela en sus recreaciones de momentos traumáticos me permite a mí cartografiar el pasado, no solo de ella sino de muchas otras mujeres de su tiempo. 

Ya casi es 22 de diciembre y esta es la primera vez que escribo sobre esto, pero este año me rondó la idea de hacerlo inteligible porque me acosaba en cada espacio en blanco de mis días. Vine aquí a confesarlo porque me duele en una parte de mi abuela que vive y resuena en mí: llevo su nombre pero construyo otra historia. Cuando pienso en esa voz colectiva de mujeres silenciada me lleno de rabia y siento que sus historias deben sobrevivir para que nosotras podamos aprender de ellas. Porque si ellas no tuvieron una reparación de daños, sino chingazos; no una pauta justa o una escucha atenta, sino amenazas de abandono y muerte; violaciones maritales en lugar de un abrazo cálido de quien se asume como protector y cuidador, pues entonces siento que nos toca a nosotras, porque comprendemos la lucha y resistencia que nos sigue persiguiendo en otras formas. ¿Podemos darle eso a las abuelas? Es decir, ¿la escucha atenta y la calidez de nuestro afecto o inventar la máquina del tiempo para reescribir esas historias?, ¿sería sanador reescribirlas con ellas?, ¿seremos nosotras y las futuras quienes construirán esas narrativas honrando la memoria de las que resisten estas imposiciones violentas? Nos queda construir espacios de aliento y paz entre las nuestras como refugio de la hostilidad inexorable del afuera...




martes, 3 de agosto de 2021

Post it virtual

En el mundo de Sara tratamos de resistir tanto al feminismo hegemónico como al patriarcado, dictaduras ideológicas dicotómicas pero hambrientas de poder por donde se vea.

lunes, 2 de agosto de 2021

Querido diario:

Estoy pensando mucho en mis problemas con el ligue con hombres específicamente. Hoy estuve viendo algunos memes creados desde la experiencia de las mujeres en un tono sexual bastante afirmativo. Volvemos a las dualidades y a la cosificación de los varones a través de la sinécdoque pseudo cómica de valorarlos por su pene y que incluso propone una metonimia risible. Tema para otra entrada, si me da la gana. 

Vuelvo al punto. Mi problema central entonces es que yo no puedo ligar ni coquetear en los términos tradicionales porque todo es un juego de poder. Es ver quién resiste o cede más, quién gana y quién pierde, a la voluntad de quién estamos. Todo es una lucha de egos. Que si dices que sí a la primera eres una fácil, que si dices que no, estás haciendo perder el tiempo. Digamos que todo eso tiene un valor que solo habita en nuestra subjetividad individual pero no la creo tan desprolija de otros asuntos. Eso me recuerda a un tema sobre el que reflexioné en el pasado y que compartí también en este espacio. Creo que la siguiente pregunta lo sintetiza muy bien: ¿de qué sirve que las mujeres nos reapropiemos de nuestra sexualidad con mucha agencia y "empoderamiento" (como algunxs le llamarían), si los varones nos siguen percibiendo desde el policonsumo de cuerpos? Yo sé que esa percepción masculina no podemos cambiarla en la dimensión particular del sexo en una pareja heterosexual, pero me da para pensar entonces cómo gestiono mi sexualidad. Cuándo deben advertirme todas mis amigas de ser muy "fácil" porque no me "doy a desear", es decir, no me interesa  jugar los juegos del poder, ver quién tiene la batuta, quién demuestra más interés. Ejemplos: quién saluda primero a quién, quién propone un encuentro primero, cuánto tiempo debes esperar para contestar un mensaje, cómo debes vestirte en esas citas, qué se supone que esperes en encuentros posteriores. Qué hueva tantas reglas en un juego ambiguo donde, además, es ultra evidente la pretensión estúpidamente velada por hacerse lxs desinteresados, lxs que no quieren nada serio, lxs que ni siquiera hablan de lo que quieren ni en el sexo ni en otra clase de vínculo afectivo. 

¿Por qué los hombres cuando las mujeres nos insinuamos sexualmente sienten el miedo y la necesidad de aclarar que no quieren que una se enamore de ellos? Pues porque la sexualidad femenina siempre ha estado relacionada estrechamente con el amor. Es decir, solo la ejercemos cuando estamos enamoradas de alguien, según dicta la tradición y la moral imperantes de raíz profundamente patriarcal. Parece imposible imaginar aun en la actualidad que una quiera tener sexo por el mero placer de tenerlo con quien una quiera, cómo una consienta y cuando una lo desee. Desde mi trinchera ya trato de desdibujar esas narrativas pero siguen estando ahí, en el subconsciente del imaginario social. Es difícil, muchas veces, ir contracorriente pero, al menos para mí, no hay otra forma de transitar estos cauces de la existencia.

jueves, 3 de junio de 2021

Querido diario,

Hoy me ha dado vueltas en la cabeza que lo más cabrón para desaprender el machismo, el racismo y el clasismo está en que muchas personas replican esas estructuras sin saber que están siendo, precisamente, machistas, racistas y clasistas. No sé, se vuelve como el punto ciego en la cultura por la normalización del asunto. ¡¿Cómo esperamos que dejen de serlo o le bajen si ni siquiera saben qué es el machismo, el racismo y el clasismo?!

Algo así como la onda de la gordofobia. Estoy neta casi un 99% segura (lojuroporelriotgrrrl) de que si les preguntas a las personas que compulsivamente replican los discursos gordofóbicos dirán que el asunto no va por ahí, que nada qué ver y tal. Un ejemplo son quienes se esmeran en reconocer como únicamente saludables a los cuerpos delgados, estigmatizando así las corporalidades que no se ajustan a esos parámetros (ahórrense los discursos de la salud, neta, ya me tienen harta y aunque algunos tienen sentido, para mí, no justifican los efectos).

En el caso del machismo pues ni reconocen sus prácticas machistas porque #quéretrógradowe desde las posiciones ultraprogresistas (sí, ajá, consultar a Nacho Progre para más info). O el pinche clasismo que me deja neta sin palabras. ¿Neta en sus modelos aspiracionales del éxito capitalista creen que son de clase media? Si consultamos estadísticas la mayoría se sorprendería... O para quienes racismo solo es igual a la discriminación a lxs negrxs y como "no hay negrxs en México" pues aquí no hay tal cosa -ajá- pero sí tenemos prietxs, ¿no? 🙂. Que la palabra en sí ni debería suponer un insulto, como llamar oaxaqueñx o chiapanecx con interés de insultar cuando solo atiende a un gentilicio. No obstante, acá en el estado etnocentrista de Sonora, desde mi infancia escucho esas expresiones con intención de ser ofensas hacia otrxs.

Fin de la transmisión.

jueves, 20 de mayo de 2021

Ya he dicho antes que soy fan de Cynthia Híjar, aquí un texto suyo del que desconozco el nombre.


 Las niñas como yo, aprendimos que podíamos elegir con quién casarnos. Pero para eso era necesario enamorarse. Así corrimos a los brazos del muchacho que mintiera mejor. O del que no tuviera miedo de nuestra capacidad de elegir un marido y el color de las paredes y del techo.

Nosotras elegimos y decidimos. Pero para eso, siempre es necesario enamorarnos. Por eso, cuando cae la noche, nos convencemos de que los silencios y el abandono son muestras de cariño.

A las niñas como yo, nos enseñaron que amar era importante. Por eso un día nos descubrimos evangelizando a cien muchachos, enseñándoles cómo debían amarse. En silencio esperamos que como pago, nos amaran de vuelta, pero eso no sucedió.

Asistimos a infiernos y descubrimos que también ahí hace frío. Y nos convencimos de que las casas sin calefacción son casas de todas maneras. Repetimos orgullosas que el amor era importante, y que amar era nuestra tarea.

Las niñas como yo, decidimos y elegimos cosas importantes: una bicicleta, un color de cabello o una carrera, pero nada fue tan importante porque para que todo valiera, debíamos enamorarnos y convencer a cientos de muchachos de que el color de las paredes, la bicicleta, la carrera, y el techo eran buenas elecciones.

Algunas de nosotras hubiéramos preferido el licor y la noche rancia.

lunes, 5 de abril de 2021

Kerido diareo,


En las últimas semanas he mencionado que tengo un pacto patriarcal con unas morras. Lo he llamado así aunque en realidad es una parodia del mismo. Es decir, desde la prepa nos reímos de la figura del machito repulsivo que vemos en nuestros contextos.  Incluso caigo en cuenta de que nos hemos apropiado de lo que Butler llama la performatividad queer, que es "la fuerza política de la citación descontextualizada de un insulto homofóbico y de la inversión de las posiciones de enunciación hegemónicas que esto provoca". De manera ñoña percibo que ahí es donde precisamente radica lo cómico de todo esto, de sentirnos capaces de reírnos de las palabras que se han integrado en los vocabularios para ofender a otras personas por salir de los parámetros de la normalidad (whateverthatmeans).

No es de extrañar que muchos de esos insultos los hayamos recibido en algún momento pero no sé, siento que hay un mecanismo de despolitización inverso del insulto cuando hacemos esto de la performatividad queer. Qué va, es reírnos de nosotras mismas y en ese proceso nos resignificamos algunas heridas emocionales. Hasta siento que de repente lo llevamos demasiado lejos que para cualquiera que no esté familiarizadx con ese lenguaje podría resultar incómodo, ¿imaginan la anormalidad riéndose de su misma condición?, ¿será demasiado cursi decir que resulta terapéutico? 

Me encantan estos espacios en los que aún podemos jugar con todo, como un micro lugar carnavalesco de códigos suspendidos que tampoco comprometen nuestro habitar regular por el mundo. Me da miedo a veces perder mi capacidad lúdica. La neta sin eso mi existencia no tendría sentido, si dejamos de reír (o cualquier otra actividad inventiva), ¿qué nos queda?

Es todo, amikes. Reflexiones random de una morra random.

Pd. A veces me pregunto si será una forma de hacer drag king.

bai

sábado, 13 de febrero de 2021

De los daños colaterales de tu empute

Hay frío en mis extremidades y 

demasiado calor en mi cabeza,

y encono en el corazón.

A veces yo también quisiera que la teoría fuera más práctica,

que saber y reconocer las actitudes que nos dañan 

tuvieran una condición de desvanecimiento tan sólo al pensarlas.

La varita mágica del dolor.

Estoy cerca de un ciclo de violencia

que lastima 

como el humo del tabaco a quienes lo fuman 

de manera pasiva

Inhalando el odio

exhalándolo con ánimo de despojo

pero conteniendo siempre algo, aunque sea poco.

Acá lo temible de ser imán de emociones,

es difícil existir con sensibilidad sabiendo que algo va a pegar.

Hondamente

Superficialmente

Mordazmente

Sólo trato de prestar ojos atentos al cultivo

cortar los brotes del odio violento, patriarcal,

para que las hierbas de frescura sanadora tengan más lugar. 

miércoles, 10 de febrero de 2021

Querido diario, hoy ando más densa de lo normal así que agárrate:

Hoy comentamos en clase una pluralidad de temas que comprometen nuestra línea de estudios principal, los de género. A propósito salieron comentarios sobre el Feminismo Radical Trans Excluyente (o referidas como TERF por sus siglas en inglés [Trans-Exclusionary Radical Feminist]), sobre el cual salieron ciertas ideas que trato de recuperar aquí, a manera de un diálogo plural entre las ideas vertidas entre mis compañerxs y las de mi cosecha; aunque sin ánimos de cerrar el tema porque sé que hay muchas aristas que deben seguirse trabajando, es decir, cuestionando. También quiero dejar claro que si me doy a la labor de escribir esto es porque me resulta preocupante el alcance y la presencia social que este discurso ha tenido a manera de activismo (está muy vivo justo en estos días por las pintas en Toluca, aunque en realidad es un tema que ya tiene rato rondando los feminismos) cuando en realidad implica un detrimento hacia las luchas configuradas por los feminismos. Me explico, pero también me sitúo: hablo desde conocimientos consolidados a través de lecturas y la atención en el entorno, por eso reconozco que antes de hablar de excluir a las mujeres trans de los feminismos me gustaría preguntar: ¿desde cuándo y quiénes tienen el poder de decidir quiénes pertenecen al feminismo (así, en singular) y quiénes no?, ¿a qué mujeres se refieren? Incluso con cierto humor me sigo preguntando dónde está la tierra prometida, donde se desborda la sororidad llamada Feministlán para ver si me dan mi carnet (como si lo necesitara conseguir a través de una suerte de feministómetro).

Los peligros de un activismo poco reflexionados es que anulan también una genealogía histórica que ha sido dinámica como otros procesos de la humanidad. Pluralizar a la sujeta política de los feminismos ha sido necesario para reconocernos como personas interseccionadas por una clase, una raza, una religión, una orientación sexual, identidad de género, entre otros elementos que intervienen en la calidad de vida que experimentamos. Reconozco que existe una jerarquía de privilegios patriarcales, donde las cosas van en un matiz desigual en tanto nos apeguemos a la concordancia entre: sexo asignado al nacer+orientación sexual+ identidad de género+ práctica sexual que dé como resultado una garantía a la heterosexualidad reproductiva en un sistema capitalista.

Sin embargo, no pretendo "hablar" por mis ancestras porque incluso me causa problemas adjudicarme sus victorias, ya que sé que sólo gozo de los privilegios resultados de sus luchas, acompañadas también de las vías estratégicas del conocimiento, el activismo y los dolores suscitados por las injusticias patriarcales que detonaron una rabia intolerable hacia el cambio. Veo mi contexto micro y macro, y veo que la llama sigue viva, un apetito por los cambios urgentes en este país, como en tantos, pero que las segregaciones dentro de quienes nos hemos puesto las gafas violetas no resultan para mí, en ningún sentido, productivas. Que las mujeres trans tengan sus luchas no nos demerita la nuestra; que consigan derechos específicos para sus identidades, no nos quita privilegios. ¿Cómo van a comparar la aparente minoría que representan con las cisgénero que existen? Ellas siguen siendo marginadas por miradas similares de los patriarcados aunque también con diferencias. No deberíamos compartirlas todas porque somos una pluralidad de cuerpos y voces. Mientras cuerpos sexuados como femeninos generaban resistencias hacia la subordinación instaurada por los patriarcados, también había otros cuerpos con inquietudes identitarias diversas, quienes fracturaron la normatividad con todo y riesgos en niveles subjetivos y corporales a costa de ser calificadxs como perversxs. Existen porque resisten.

Yo no puedo siquiera responder qué es una mujer en este momento histórico, es una multiplicidad de narrativas, no hay un modelo hegemónico universal válido. Ya-saben-quién dinamitó una forma de pensar a la mujer en términos del devenir: "una no nace mujer sino que llega a serlo", evidenciando de esta manera que este género ha sido una construcción cultural, que biología no es destino, que la historia puede cambiarse. Los esencialismos son aliados de estas preconcepciones de los géneros, detrimentos hacia la constitución de sociedades diversas y sin constreñimientos implicados por el género. Este aporte de Simone posibilitó otros caminos de pensamiento para deconstruir lo que hace décadas se pensaba como inamovible, monolítico, incuestionable. Retomar argumentos biologicistas como determinantes es un retroceso en años de lucha y producción epistemológica.

En suma, van años de trabajo reflexionado sobre cómo el sexo femenino, expresado en vulvas, no es el indicador del ser mujer. Es la diferencia entre el sexo y el género, categorías distintas; una es biológica, la otra cultural, eso es innegable pero también hay negociaciones sobre ambas. Además hablar del sexo vinculado a la genética nos sorprendería al ver los matices de la intersexualidad que poseen cuerpos que se sienten firmes sobre una sexuación.

La postura de las TERF es transfóba, al negarse a reconocer una formulación más de la identidad de género y la sexuación de una persona. Al aferrarse con terquedad a una mirada tan polarizada sobre algo tan diverso como es la sexualidad y el género; es la derecha dentro del caballo de Troya. Hace una alianza con los cimientos patriarcales al afianzarse de la biología para segregar e invalidar otras identidades que tampoco caben en sus imaginarios. Es imprecisa en torno a la configuración de su sujeta política y, por ende, en las ideas que la sostienen.

Yo no soy una perrita faldera del patriarcado, reconozco que no habito sola este mundo y que necesitamos más alianzas en lugar de conflictos innecesarios. En ese sentido, yo tampoco necesito compañeras de una lucha que no comparto si está impregnada de odio con una alianza patriarcal encubierta. Yo también me pregunto por qué los hombres trans (o transmasculinos como les dicen) sólo parecen importar en su discurso cuando se trata de comparar su escasa visibilización dentro de este tema. En cambio, no suelen mencionarse en otros sentidos porque se siguen enfocando en el rechazo a las mujeres trans en lugar de convertir esos espacios simbólicos en aras de visibilizar la importancia de la lucha de los hombres trans y las violencias que les atraviesan, por ejemplo. Yo la verdad sigo lamentando las energías enrrabiadas que se depositan en un odio inútil cuando hay una agenda política feminista más importante que atender... como los feminicidios, los transfeminicidios y todo el espectro de violencia que continúa tan vigente como el patriarcado que compartimos.

Pd. Todo esto fue detonado por un texto redactado desde la mirada TERF que me enrrabió en cuanto lo leí. Así que escribo también como acto de resistencia política ante esa clase de discursos. Si hay curiosidad sobre él, lo comparto.


sábado, 6 de febrero de 2021

Un statement que tengo ganas de publicar pero dudo que lo haga

 Hola, sí, soy la amiga con caducidad difusa, la aburrida que no se sumará a las risas como efectos de chistes que perpetúan una cultura de la violación preocupante, la cosificación de los cuerpos de las mujeres, el llamado "humor negro" que pretende hacer risibles las experiencias de violaciones a mujeres e infantes (sobre todo); en fin, quizás lo pueda resumir diciendo que rechazo las bromas que reproducen estereotipos y, además, los banalizan como si no tuvieran efectos dolorosos y mortales. Así es, soy la amiga aburrida, pero además incómoda porque no me interesa dejar pasar estas situaciones.

Se vuelve muy pesado alinearse a los feminismos, profesionalizarme en estudios de género y que en mi núcleo de amistades, entre mujeres, varoneso no binarixs persistan estas actitudes. El punto no es terminar sola por mi intolerancia, vaya que la soledad y yo tenemos una amistad larga, sino que traten de subvertir su discurso defendiendo lo que para mí es indefendible. Escudarnos con "es sólo una broma, no te lo tomes tan en serio" es para darse la vuelta e irse o confrontar como suele ser, de manera pedagógica. Elegir el camino que nos provea una mayor paz mental puede ser un triunfo para el sistema o una satisfacción en la axiología o ética propia. 

viernes, 23 de octubre de 2020

Hoy me encontré con esta publicación de "La vagabunda" (nombre/usuarix de Facebook) y decido guardarlo para la posteridad (los primeros dos párrafos son míos):

Yops cuando la hago de pedo y siempre salen con que si ya podríamos no pensar en una cuestión de género en la escritura o la muerte del autor.. Bueno, para mí también habría que pensar en la estructura que posibilita el acceso a ciertas lecturas y arrumba otras. ¿Quiénes han conformado el canon atribuyéndose el poder de la censura o proliferación de ciertas obras? 

Yo tampoco quisiera que aún fuera un tema para discutir, pero ya que el mundo tampoco ha cambiado lo suficiente para que no sea un tema importante, pues seguiré insistiendo con ello en todos mis espacios -.-. Sobre todo por condiciones genealógicas, ya que esta esfera de la cultura también ha sido terriblemente misógina.

Post by La vagabunda

El asunto de separar al autor de la obra es misógino, racista y clasista, supone que es nuestra obligación como escritoras, lectoras, estudiantes de las diferentes licenciaturas, maestrías, doctorados, etc., en letras, amantas de las letras, pasar por alto y perdonar a feminicidas, violadores, pederastas, torturadores emocionales, tratantes, etc., en nombre de respetar un canon que ellos mismos construyeron y legitimaron entre ellos.

Hay quienes dan por hecho que al negarse a leer a Octavio Paz por ser un maltratador misógino, racista, chantajista, que hizo de la vida de Elena una cárcel y que intentó destruirla creativamente, es negarse a conocer la poesía mexicana como si no fueran poetas mexicanas del mismo siglo: Elena Garro, Pita Amor, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Enriqueta Ochoa, Concha Urquiza, Carmen Alardin, Griselda Álvarez, Germaine Calderón, María Entiqueta Camarillo, Rosina Conde, Pita Ochoa, Elsa Cros, Coral Bracho, Isabel Fraire, Emma Godoy, Elva Macías, Margarita Michelena, Thelma Nava, Margarita Paz Paredes, Aurora Reyes, Maricruz Patiño, Ulalume González de León, Rosa María Roffiel y muchas más.

Que no leer William Burroughs, el asesino de Joan Vollmer, que por cierto salió de la cárcel en Lecumberri 13 días después de haber sido  declarado culpable del asesinato de la quien fuera su esposa, nos priva de conocer a la generación beat como si no existiera la obra de Marge Piercy, Elise Cowen, Diane di Prima, Denise Levertov, Joanne Kyger, Lenore Kandel, Ruth Weiss, Janine Pommy Vega, Anne Waldma, Brenda Frazer, Hettie Cohen, Elizabeth Bishop, Maxine Kumin, Lucille Clifton, Kay Ryan, Elizabeth Alexander, entre muchas otras.

O al respecto de los escritores latinoamericanos que erotizan la pedofilia como García Márquez, y la idea de que no leerlo nos hace ignorar el realismo mágico, aunque tengan obras maravillosas María Luisa Bombal, Elena Garro, Silvia Ocampo, Isabel Allende, y otras escritoras del boom latinoamericano como Núria Marrón y Clarice Lispector, entre otras.

Sobre no leer al violador de Pablo Neruda, que nos perdemos de la poesía militante, aunque nos regocijemos en los versos de Ana María Rodas, Gioconda Belli, Rosa María Roffiel, Alaide Foppa, Ruby Arana, Ligia Guillén, Carla Rodríguez, Mariana Sansón, Josefa María Vega, Rosa Umaña Espinoza, Vidaluz Meneses  Michelle Najlis, Esperanza Ramírez, y de las chilenas: Pía Barros, Heddy Navarro, Carmen Berenguer, Teresa Calderón, Constanza Lira, Paz Molina, Natasha Valdés, Heddy Navarro, Myriam Díaz-Diocaretz, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Carmen Berenguer y otras.

Con Arreola, el violador de Elenea Poniatowska, y torturador psicológico de Tita Valencia aseguran que no sabemos apreciar la literatura mexicana, pero nosotras tenemos presentes a Tita Valencia, Amparo Davila, María Luisa Mendoza, Ángeles Mastretta, Nelli Campobello, otra vez Elena Garro, Rosa María Roffiel, Rosario Castellanos, Rosina Conde, Teresa Dey, Inés Arredondo, Cristina Rivera Garza, etc.

Y así un sin fin de ejemplos a lo largo se la historia de la literatura, en las diferentes geografías del mundo, donde las mujeres artistas (no sólo las literatas) tienen una obra muy rica, obras que te tocan las entrañas y te cambian la vida, pero son dejadas para después porque la academia sostiene que tenemos que separar al autor de la obra y que hay que leer religiosamente y por obligación, como si no nos hubiera robado ya toda nuestra formación académica, a los grandes escritores sin importar cuán ruin haya sido su existencia, ni de cuántas formas destruyeron la vida de las mujeres que tenían cerca, porque de no leerlos vamos a la hoguera por falsas literatas alegando que si no los leemos a ellos, no tenemos referentes literarios.

El asunto de separar al autor de la obra es un mecanismo más de invisibilización de la literatura escrita por mujeres. Decirnos que no leer hombres es no leer, demuestra el punto, han perdido mucho tiempo leyendo a esos hombres que son la antítesis del artista, que debería crear, no destruir; y se han perdido de una gran parte del universo literario por aferrarse a un canon rancio, masculino, heterosexual y blanco.

El arte no cabe en la academia, la literatura es más grande que el canon, y cuando decidimos no leer hombres no estamos renunciando a nada, al contrario, nos estamos dando la maravillosa oportunidad de leer a las miles de mujeres que no son leídas como lo merecen, de reconstruir la historia de nuestra palabra y de encontrarnos con un basto universo de literatura escrita por mujeres en todos los siglos, en todo el mundo.

No es ético separar al autor de la obra, sobretodo porque eso se hace para no bajar del pedestal a los que son consideran los grandes escritores, los grandes clásicos, los grandes referentes de la literatura, aunque no sean sino feminicidas, violadores, grandes misóginos; y porque se hace para no abrirle paso al estudio de las letras de las mujeres más allá de algunas materias optativas en algunas universidades, porque claro, conocer la literatura escrita por hombres es obligatorio, pero conocer la literatura escrita por mujeres es opcional.

Querido diario:

En estos últimos días he pensado en el ejercicio de la violencia. Concretamente el Gender Based Violence. Si bien es cierto que en nombre de la cultura y con un sistema patriarcal hiper arraigado se han permitido e incluso legalizado las agresiones físicas y simbólicas de los hombres hacia las mujeres de maneras terriblemente explícitas y otras más "sutiles" (como lo que algunas personas refieren como "micro" o "neo" machismos, pero conductas machistas a fin de cuentas), también me preocupan otra clase de violencias de las que no se habla tan evidentemente, un poquito más allá de sólo pensar en la que los hombres efectúan sobre las mujeres (pensando en esquemas heteronormativos). Con esto no quiero quitarle el lugar que se merece al peso y visibilización que ha cobrado detener, prevenir o estar alertas ante la violencia machista en la actualidad, que en su forma más extrema tenemos el feminicidio. En realidad hablo de preguntarnos sobre la constitución de una relación violenta e incluso de la generización de esas violencias. ¿Sólo los hombres heterosexuales ejercen violencia machista?, ¿qué pasa con la réplica de jerarquías de poder (principal ingrediente de la violencia) en relaciones de lesbianas/gays/trans?

Eso me da para pensar entonces que la violencia no está sujeta a una sexuación corporal pero sí que se ha socializado y asociado la balanza del poder hacia las actitudes que se han considerado masculinas. De otro modo, ¿estaríamos apelando una vez más a argumentos biologicistas y, en el peor de los casos, esencialistas? Por lo tanto, que en nuestros imaginarios pueda persistir la idea del vato=malo, morra= buena. ¿Así de dicotómica debería ser nuestra mirada? A veces me da la sensación de que así de impresionista se consolidan las miradas actuales de los problemas de género.

¿Estamos listxs para esa conversación sin pensar necesariamente que se atenta a neutralizar las estrategias para detener la violencia hacia las mujeres?, ¿alguien más se lo ha preguntado?, ¿sólo soy yo la ondeada ansiosa?, ¿qué comeré hoy?

jueves, 1 de octubre de 2020

Crítica de la crítica desde un vacío epistemológico.

Cuando pienso en el canon cultural se me viene un olor fétido a patriarcado, a androcentrismo, a machos burgueses. Gente con privilegios que trascendieron en la cultura.

No me jacto de ser irreverente: sólo lo soy. La indiferencia me acompaña al contemplar lo que se erige como sublime; pero tampoco siento con la banalidad. ¿Será que estoy vaciada de sensibilidad visual? 

Yo no imagino la sustancia, trabajo con ella, con extractos de subjetividad; no con forma o materia. Quizá la literatura esté más desprolija de imposiciones visuales. Las generadas están íntimamente asociadas con nuestra historia y almacén subjetivo.

Mejor busco -será porque me reconozco- en los márgenes de los discursos hegemónicos. Y aún así, difícilmente me encuentro.



miércoles, 9 de septiembre de 2020

Querido diario:

Últimamente he pensando mucho en sexo. O bueno, para ser más específica: en la sexualidad femenina; en la evolución de la práctica y los sentires alrededor de ella. Primero: sentida como una actividad insufrible, realizada sólo en el nombre de Dios para procrear y compromiso marital (¿debo decir que en ese momento era exclusivamente centrada en un placer masculino?). Después, el paso a la liberación sexual con la píldora primero y luego con otros métodos anticonceptivos para promover la autonomía sobre nuestras cuerpas; lo cual permitió pensarla en términos de placer, deseo y planificación familiar (en teoría, donde también se atraviesan los accesos a la información y la ESI, tema fundamental en la actualidad), y distanciarnos de la moralidad rancia, apestosa a patriarcado que constriñía las cuerpas.

Todo esto lo pienso porque he leído (fuentes: "créeme, wey" como dice Lexa), pero para lo siguiente no tengo referencias académicas sino la única experiencia directa o indirecta, la que se escurre en conversaciones con amigas, conocidas o chicas con cuyos caminos me cruzo para darme cuenta de que el patriarcado se nos cuela en las cabezas: para algunas ya no hay un peso moral al ejercer una sexualidad libre... sino que viene después y eso tiene qué ver con la falta de cuidados de nosotras mismas, las prevenciones sobre temas de ETS o embarazos, y sufrir las angustias en esta misma cuerpa que tratamos de disfrutar a pesar de los precios -o castigos- hormonales que los métodos puedan infligirnos; es como si nos hubiéramos liberado de la idea del sexo con fines reproductivos pero el sistema nos trata de constriñir a ello. Las opciones son: 1) no tengas sexo si no quieres maternar, 2) ten sexo y sufre (porque se tiene que sufrir [qué genial que algunas sean la excepción]) las consecuencias de no procrear a través de los métodos anticonceptivos, 3) ten sexo y reprodúcete (que está bien lo de ser mamá pero no a huevo, pues).
¿Debemos sentirnos solas ante estas decisiones y las consecuencias de las prácticas en sexo heterosexual?, ¿la responsabilidad del cuidado sexual por ambas partes lo aliviaría? Hablo con prescindencia de vínculos afectivos, con que sean sexuales es suficiente.
Gracias por leer y mejor si me dices qué piensas para no sentirme tan aislada en mi cabeza.

[Esto es un post de FB, donde trataba de escribir sobre el mismo tema de la última entrada]

Querido diario:

No escribo con conocimiento de teoría, de artículos, de estadísticas, en fin, datos duros que respalden estas palabras. En realidad escribo desde lo que leo, veo y escucho de experiencias en amigas, en conocidas, en mujeres con cuyos caminos he cruzado literalmente, en las calles, en los autobuses, en la vorágine virtual. No sé si es suficiente decir que escribo con algunos conocimientos de causa, con la fuente de lo que Lexa dice y siempre resulta cómico "Fuentes: créeme, wey", rompiendo de esa manera la tensión de una rigurosidad académica que legitima nuestras palabras e ideas en ciertas esferas. 

     Entonces estoy aquí, escribiendo ahora sobre una idea que me ha dado vueltas, me visita en algunos momentos del día y decidí sacarla a pasear en esta expresión de subjetividad. 

     Bueno, el caso es que hablaba con mi amiga L. el lunes, sentadas afuera de una tienda después de un rato compartido en las compras de alimentos. Hablábamos de vatos como a veces hacemos y la sexualidad en este caso. Reflexiono desde ese momento en la cadena de castigos, es insuficiente pensar en la maternidad como el mayor "descuido" en una generación que teme y repudia, en una apreciación sobre este imaginario colectivo contemporáneo que me tocó vivir, la reproducción humana: maternidad y paternidad. Hay miedo porque muchxs ya renunciamos a las ideas del éxito y estabilidad en un sistema capitalista y patriarcal. Los roles de xadres no son malos per se, sino la manera en que el sistema de resiste a hacerlo compatible con una vida laboral activa y digna en sentidos de cuidados. Es decir, un equilibrio utópico entre la esfera privada y pública. 

     Entonces tengamos a una chica de 30 años que se llame Lucía (sólo porque en mis círculos no conozco a ninguna que se llame así), quien sostiene un estilo de vida libre en muchos sentidos, pero aquí atañe sobre todo al aspecto sexual. Sin parejas fijas pero con deseo sexuales intermitentes. Primer paso: anticonceptivos, con todo y efectos secundarios en el paquete como precio de ejercer una libertad sexual previniendo una maternidad no deseada. Suponte que escoge un método como el DIU o unos parches, con todo y las alteraciones hormonales que esto pueda traer. 

     A las ancestras les martilleaba el peso moral de llegar a la etapa del disfrute sexual en el mismo acto, ejercicio humillante y dolorose durante siglos donde el placer masculino era el centro y objetivo porque, ¿qué mujer osaría a atreverse a disfrutarlo? Una puta, y serlo, lo sabemos, se sigue sostieniendo como la encarnación de las peores ideas y valores que se depositan en un cuerpo femenino, porque alude a una libertad sexual, aspecto que el patriarcado ha tratado de controlar desde hace siglos. Digamos que hablamos entonces desde un tiempo en el que le estamos tratando de dar toda la vuelta al discurso: antes, y quizá aún queden resquicios de ello, se pensaba que la sexualidad femenina era un tema tabú e inexistente y que sólo se ejercía en función de la reproducción y, por lo tanto, de la maternidad; porque las mujeres sólo estábamos completas con un marido y lxs hijxs. Actualmente, en el pequeño mundo subjetivo que habito y desde dónde erijo los puentes sociales, las compas sostienen otras formas de relacionarse, solterías radicales quizás o quéséyo, la intensidad del disfrute y el placer de nuestras cuerpas, la afirmación de una sexualidad femenina activa disfrutable... y el miedo a la maternidad sino es efectuada en, aún, las condiciones ideales acorde con el sistema capitalista y patriarcal. Son pocas las mujeres que conozco que añoran la maternidad prescindiendo de una pareja, como un sueño individual. Muy significativo si tomamos en cuenta este salto generacional que ahora podemos disfrutar. 

     Pero bueno, damos el paso al disfrute y placer sexual en el momento para... Las preocupaciones por el embarazo que siempre se anteponen a una posible ETS. Ambas seguramente alterarán nuestros cuerpos de maneras reversibles o, en el pero de los casos, irreversibles.

     Recuerdo los insomnios desbordados de ansiedad y angustia cuando practicaba mi sexualidad con H. de maneras descuidadas. En el momento se sentía bien pero sólo terminaba y comenzaba el mar de angustias y, sobre todo, el sentirme sola con eso y pensamientos que me flagelaban con ofensas hacia mí misma, no por la culpa de ser activa sexualmente, sino por hacerlo con tantos descuidos. Me lleva a preguntarme, ¿qué tan poco me quería en esos momentos como para permitirme a mí y a otrxs tantas libertades lastimosas sobre mi cuerpa? Cuando ni siquiera valía la pena. Ahora las morras podemos afirmar que demandamos un vínculo sexual placentero pero aún siguen habiendo parejas violadoras, violentadoras y egoístas, que te hacen sentir como si sólo se masturbaran con el cuerpo de una. Disfrutan de nuestra libertad sexual sabiendo que no habrá un anillo de matrimonio de por medio, como garantía de que estarán con nosotras en un compromiso oficial; ya no los queremos en nuestras vidas, sólo disfrutarlos cuando nos plazca pero, ¿qué pasa cuando ese placer está disfrazado de otras emociones? Tristeza, soledad, inseguridades... Tenemos los elementos perfectos para crear una dependencia sexual que podría encubrir una falta afectiva pero conformándonos con eso. Hablo sólo por mí, porque al final en eso se transformó todo. 

     


jueves, 13 de agosto de 2020

¿Por qué leer a mujeres?

 Escribir es lo único que me ha sujetado con una relativa cordura. Es decir, ya sé que estoy loca, pero disimulo mi caos; algunas veces con más éxito que otras. Sin embargo, eso siempre se asoma, se me escurren los destellos de locura en la mirada, en los suspiros y, sobre todo, siempre, en las palabras cuando siento dentro una flamita incentivada.

Hoy me siento loca y escribo. Hago esto para desenredar la urdimbre de ideas, o pactar el sueño por las noches se hace aún más difícil. Me creo una red abstracta para recoger esas ideas, concretarlas a través de palabras porque, ¿qué más es la realidad sino la evocación de la misma? Ejercicio dialéctico de lo que se produce en la mente y nos atraviesa el cuerpo hasta darle alguna forma, algún sonido.

Estuve pensando en la clase de hoy sobre los criterios que intervienen para dar una clase de literatura. Mis posiciones feministas me han hecho tener un rencor y resistencia hacia el canon que ha sido androcéntrico. Entiendo que puedan darse las lecturas de maneras diferentes porque los tiempos han cambiado y, en breve, cada sujetx tiene su subjetividad; o sea, las interpretaciones van a ser distintas en tanto que nosotrxs diferimos en experiencias. Habrán coincidencias y diferencias, pero no creo que sintamos lo mismo al enfrentarnos con una obra; esa tarea sería bastante difícil de explorar. 

Pero bueno, hablábamos de las tecnologías del género en un texto de Teresa de Lauretis. Hablábamos de la Mujer como ficción y bien, no sólo la Mujer, sino las categorías de lxs sujetxs generizadxs.Entonces F. mencionó el ejemplo de las clases de literatura y cómo él enseña textos clásicos a sus alumnxs de secundaria. Yo inmediatamente recordé al profe Pancho en alguna de las hermosas clases de didáctica de la lengua y la literatura, donde nos borró de golpe la cuestión de cómo enseñar literatura. Recordaba aquellas conversaciones pretenciosas de pasillos, pensar en que obligadamente todo el mundo debería de conocer el canon. Era una Sara más joven y más crédula; después de esa clase comprendí que las maravillas de la Literatura también tienen que ver con una adecuación del ojo, hay un disfrute distinto cuando hay una formación de lectura analítica-crítica. Por ejemplo, si yo hubiera leído Rayuela a los 15 seguro hubiera aventado la novela a la segunda página; o quién sabe, quizá la haya leído toda pero me hubiera perdido de un montón de elementos ingeniosos en la ejecución narrativa a los que pude apreciar bastante cuando la leí casi al término de mi carrera. Ojo aquí: no digo que deben estudiar literatura para disfrutar las obras, a final de cuentas cada experiencia lectora y, por ende, también estética a través de este ejercicio, es meramente personal.


Vuelvo: repliqué a propósito del comentario del compañero pues que mis ideas de selección de textos sería integrar mujeres en un programa de lectura no pensando que con eso ya salvamos al mundo del patriarcado y que ahora sólo se lean a mujeres. La visión androcéntrica está en todos lados, pocas escritoras son conocidas y leídas, por eso pienso que para la circunstancia actual me importaría un pepino que se me tachara como maniquea, como si la propuesta de un ginocentrismo literario fuera a repercutir en un sesgo de realidad. Imposible. Pero creo que es un pequeño acto que les debemos a la genealogía femenina: reconocer las condiciones de desigualdad social, económica y material en las que las mujeres han escrito a través de los siglos; un desafío tremendo. No imagino las dificultades incluso para poder ser publicadas y cuántos "anónimos" en la historia realmente llevan detrás un nombre de mujer.


Recuerdo de Cecilia: Hace como un mes fui a verla a su dpto en el centro de Qro. Hizo un comentario contundente que admiro bastante: "Yo no leo a las mujeres porque tengan vulva, leo a las mujeres porque ESCRIBEN BIEN"; uno más: "que el patriarcado existe, ESO NO TE LO NIEGO. Pero, ¿qué vas a hacer para mejorar tu condición en este sistema?". Y eso me encantó, me pareció un comentario desafiante. Ya me estoy cansando de los discursos dentro de los feminismos que replican la supuesta inferioridad femenina. Sí estamos jodidas en esto que parece un laberinto patriarcal pero, ¿nos damos contra la pared o abrimos una brecha entre las bardas?

martes, 11 de agosto de 2020

¿Qué hago con esta rebeldía?

¿Qué hago con mi rechazo al miedo, 

con mi negación a ser indiferente?

¿Qué hago si mi reacción dista de contenerme

y agachar la cabeza frente a autoridades,

llámense cerdos, llámense padres?

¿Qué hago si la flama en mí se agita

cuando veo la injusticia?

¿Qué hago si mi sentir no se apacigua, 

sino que me revienta y me lleva a la acción instintiva?

¿Qué hago ante mi incapacidad

de mantener el equilibrio 

a veces, o casi siempre, quizá, 

de las vísceras a la racionalidad?


¿Qué hago con ese miedo que no tengo,

o que me rehúso a ponerle un nombre,

o un cuerpo, sobre todo si fuese de hombres?




martes, 2 de junio de 2020

La relación entre los hombres y los feminismos en 2020

Lo prometido es deuda: por fin escribí mi ensayo pendiente sobre este tema para mi entrega final del curso de masculinidades. A continuación lo expongo y les dejo la versión PDF dando clic aquí.

Edit [27.01.2022]:  Como humana que soy, crezco, reflexiono, escucho y me sigo construyendo, así que reelaboré esta discusión en mi artículo "Relaciones de las masculinidades desde y con los feminismos", publicado por la revista REDESS.







La relación entre los hombres y los feminismos en 2020
Por Sara Alicia Aguirre Mumulmea


Introducción
Actualmente la etiqueta o adopción del feminismo como una identidad oscila entre lo políticamente correcto y el rechazo absoluto. ¿Qué implicaciones sociopolíticas tiene el hecho de enunciarse como feminista para hombres y mujeres, respectivamente?, ¿cómo vamos a validar nuestras posturas?, ¿validarlas para quién?, ¿a través del feministómetro de quién?, ¿desde qué lugares atravesados por nuestras circunstancias nos legitimamos políticamente? Anuncio desde ahora que no me propongo responder estas preguntas, sino plantearlas en todas sus dimensiones  retóricas, extraerlas de diferentes discursos y discusiones como un punto de partida para el documento que ahora lees.
     No me interesa establecer una preceptiva acerca de quiénes pueden autodenominarse feministas y quiénes no, ni conozco el lugar donde se emiten tales credenciales. En cambio, propongo algunos aspectos que considero importantes de tener en cuenta para conversar sobre la relación actual entre los hombres y los feminismos.
     Por lo tanto, el interés de escribir este texto (además de ser trabajo final del curso de masculinidades) se centra en una reflexión individual donde hay más preguntas que respuestas como estudiante de un posgrado en estudios de género. Por ello también me parece importante comprender el ambiente donde se genera la violencia machista.

Primera consideración: ¿Cómo se construye la violencia en la socialización masculina?
En el documental ¿Qué coño está pasando? (2019) la socióloga Cristina Hernández comenta: “La violencia es un problema de los hombres. No es un problema de las mujeres. Es un problema de los hombres que sufrimos lamentablemente las mujeres”. Es cierto que aún no llegamos al mundo idílico de experimentar una vida distanciada del patriarcado, pero cada vez somos más quienes nos sumamos al reto de reconstruirlo a través del desaprendizaje y el cuestionamiento hacia esa estructura. Sin embargo, mi interpretación sobre el comentario de Hernández se refiere a que la socialización masculina y/o el aprendizaje del devenir hombre están también estrechamente vinculados, en términos de Kaufman (1989),  con la tríada de la violencia masculina efectuada contra las mujeres, contra sí mismos y contra otros hombres. Hacia las primeras es por la asimilación de un sistema machista, de superioridad de los hombres respecto de las mujeres; hacia sí mismos por la automutilación y represión emocional, por esa ansiedad de mantenerse fuertes y firmes ante las adversidades y los dolores aunque eso ponga en riesgo su salud integral; y contra otros hombres en la competencia incesante que les reclama el mandato de masculinidad. Aquí podemos ver claramente cómo se cumple lo que en términos de Bordieu (2000) es la paradoja de la doxa: que los hombres son víctimas y, a la vez, se erigen como sus propios victimarios al infligirse violencias en pos de la perpetuación de un sistema desigual que promete mantener sus privilegios pero, ¿a qué precio?

Segunda consideración: ¿cómo y desde dónde analizamos el privilegio de la masculinidad?
Si bien se trata de un hecho indiscutible que los mismos hombres, como sujetos políticos, son quienes se han encargado de configurar el orden social desde hace siglos y por lo tanto su victimización puede resultarnos paradójica, entonces una no hace más que preguntarse: ¿dónde están las maravillas del trono patriarcal? Hago esta pregunta a la par que reconozco la otra cara de la moneda: la expresión más sublime del machismo, aquella que se sostiene de la subordinación y sumisión de las mujeres. Sabemos que estos casos han existido y nos acompañan en nuestra actualidad pero, con una mirada de mayor escrutinio hacia la constitución del sujeto masculino, me surgen reflexiones sobre desde dónde se erige ese privilegio, de esta manera relativizo y me desborda el absurdo del sistema patriarcal.
     Segato (2020) comenta: “los varones son las primeras víctimas del mandato de masculinidad […] y una estructura jerárquica como es la estructura de la masculinidad. Son víctimas de otros hombres, no de las mujeres” (s.n.). Según la antropóloga argentina, esta situación entre pares se debe más a la precariedad de la vida que los ha dejado impotentes para conseguir lo que constituye un pilar importante para sostener su virilidad de acuerdo con el sistema capitalista imperante: el trabajo y el éxito. Según el documental The mask you live in (2015) la idea del éxito asociada con el dinero es una de las mentiras que creen los niños en EEUUAA como elemento constitutivo de la masculinidad. Para comprender cómo se configura la identidad masculina resulta provechoso tomar en cuenta el apunte de Connell (2003): “La masculinidad existe sólo en contraste con la femineidad” (p. 2); y para complementar esta idea, retomo lo que también señala Badinter (1993) cuando habla de la constitución de la masculinidad: “Para hacer valer su identidad masculina deberá convencerse y convencer a los demás de tres cosas: que no es una mujer, que no es un bebé y que no es homosexual” (p. 51). En ese sentido, podríamos entender los géneros masculino y femenino como conceptos correlacionales; es decir, que a partir de uno se genera una noción de lo que es el Otro. Un factor importante que ha llevado al cuestionamiento de estos mandatos se encuentra en el empoderamiento femenino que las mujeres hemos ganado con el paso del tiempo. Actualmente los hombres pasaron de ser esenciales para la supervivencia a ser prescindibles. La lucha feminista lleva ventaja histórica en el camino hacia la deconstrucción; los hombres aún tienen mucho trecho que recorrer.

Tercera consideración: de las “nuevas” formas de ser hombre
A lo largo del curso conversamos acerca de las “nuevas masculinidades”, sobre las cuales entiendo la posibilidad de pensar en la masculinidad de maneras alternas a un modelo hegemónico tóxico. Reflexionar, entonces, y reconocer que también dentro de la población masculina hay interseccionalidades, circunstancias que configuran diferentes formas del ser hombre, implicaría entonces romper con dicho modelo de performar la virilidad y encontrar caminos alternos que humanicen los vínculos de los hombres con las mujeres, consigo mismos y con otros hombres.
     Sin embargo, personalmente me causa problemas el adjetivo que indica la novedad en esto. Mis reflexiones me llevan a pensar en la preexistencia de los hombres que no se ajustan al modelo hegemónico de masculinidad ni les interesa alcanzarlo como tal: hombres homosexuales, transgénero y transexuales, hombres de clase baja con aspiraciones económicas que pueden verse imposibilitadas por nuestros sistemas económicos; hombres en fin, cuyas únicas salidas para reafirmar una validez identitaria hace ecos en las violencias. Aquí aludo de nuevo al carácter interseccional que también atraviesa a los sujetos masculinos, pero la ruptura con algunas cláusulas del mandato de masculinidad no los exhime de la práctica machista. Hay sujetos homosexuales a quienes les sobrevive la misoginia y, por lo tanto, la homofobia; hay otros que están muy de acuerdo con la práctica laboral o la participación en la esfera pública de las mujeres, pero que no apoyan en las labores de cuidados. Es necesario que se mantenga en dinámica la autocrítica como sujetos históricos que han gozado de los privilegios, como Nogués (2019) indica: “Pensar que la igualdad es una palabra y no ver que en realidad representa un verbo, pues conlleva una práctica diaria, es caer en el autoengaño de la deconstrucción.” (s.n.); esto lo comenta a propósito del participio “deconstruido”, el cual indicaría un estado acabado de una acción, sobre lo cual Nogués discrepa. Pero en un sentido más extenso y bastante sustancial, García (2015) expone lo siguiente:
Hay una versión muy light, muy superficial de las nuevas masculinidades, por ejemplo, simplemente un hombre que llora es un neo masculino, me parece que desligar la actuación personal de preguntarse por la democratización del poder, justamente no le da soporte a que sea un “nuevo hombre”. Un hombre que al contrario del pasado hoy sí cambia los pañales, pero es el mismo sexista de siempre con sus compañeras de trabajo, o que ahora es más vanidoso y se hidrata la piel, de ahí que para alguna gente la metrosexualidad es una nueva masculinidad. […]. Entonces me parece que si dejamos correr socialmente la idea de que las nuevas masculinidades es cualquier práctica contemporánea de los hombres, se está perdiendo su sentido político. Para mí, sí es un marco muy exigente en todos los ámbitos de la vida, del cambio y la noción central es el tema del poder, o si no, no es. Las nuevas masculinidades, no las veo como un punto de arranque, sino como una dirección del cambio, en la cual la pregunta por el poder, por su renegociación, democratización, por perder espacios de poder, tiene que darse en muchos ámbitos y respecto de muchos comportamientos de la vida y en un intento de buscar coherencia. (Iván García [2012] en García [2015]) (p.101)
     La coherencia a la que alude el entrevistado García me parece que es la de una dimensión ético-política de la deconstrucción masculina. Creo que este compromiso es el que marcaría una diferencia entre lo que se sostiene en el discurso a lo que conlleva la praxis.

Cuarta consideración: De los hombres, onvres y feministos
Presentarnos como feministas, independientemente de nuestro sexo, no garantiza la ética que atraviesa nuestra subjetividad, se manifiesta en un discurso que quisiéramos encontrar en la praxis en una dinámica congruente. Esto lo menciono porque parece que cada vez se vuelve más común encontrarnos con hombres que se nos presentan como feministas, fenómeno que viene acompañado de la resistencia que existe desde algunos feminismos sobre la inclusión y consideración de los hombres dentro del movimiento. Por lo tanto arrojo la pregunta que espero siga motivando una reflexión: si los feminismos son exclusivos para las mujeres, ¿cómo definiríamos el ser mujer en estos tiempos? Si desde Simone de Beauvoir se ha reflexionado acerca del devenir mujer como una categoría construida, ¿los hombres por qué no podrían sumarse a la lucha desde el supuesto ejercicio de empatía?, ¿por qué querrían estar en el espacio históricamente pensado para mujeres?, ¿por qué no convertir sus espacios no tanto en feministas, sino para compartir entre ellos sus inquietudes sobre la construcción de la masculinidad entre pares?
     Hay quienes pensarán que todes podemos ser feministas y esto, al margen de calificarlo como verídico o no, me parece más importante preguntarnos ¿qué significa ser feminista?, ¿usar una playera?, ¿postear en redes nuestro apoyo?, ¿asistir a las marchas? Para mí es un replanteamiento estructural en todos los ámbitos y estar atenta hacia los vestigios de la violencia patriarcal desde los lugares que experimentamos en nuestra existencia. Ojalá pudiera proponer una ética feminista en este momento, pero sería objeto para otro texto.
     Vuelvo con mis preguntas: ¿cómo estar atentas sobre las líneas de poder dominantes? La agenda política del feminismo evidentemente tiene otras cuestiones más importantes que discutir antes que debatir si los hombres pueden ser feministas o no. Este es un tema que les importa a los hombres, los que ahora se sienten excluidos en un espacio que se ha creado históricamente por mujeres. Sin embargo, si hay un territorio en común, sería el interés por la deconstrucción del género y el trabajo que cada quién puede realizar para ello desde su trinchera. También creo que los esfuerzos por ser reconocidos en la esfera feminista serían menos problemáticos y potencialmente más fructíferos si utilizan sus espacios de socialización masculina para desmontar las actitudes machistas de los pares.
     Identificarse como feminista es un acto de resistencia política frente al orden patriarcal que emerge en contestación hacia un modelo hegemónico: el hombre blanco, heterosexual de clase media, y cómo este ha sido considerado la medida de todas las cosas. Con acceso a los discursos y los espacios ha creado el mundo a su imagen y semejanza. Las mujeres fuimos históricamente la Otredad. Sin embargo, el hecho de leer la historia desde otros lugares, tomando en cuenta la clase, raza y el género nos permite darnos cuenta de que hay más voces que han clamado la visibilización, el reconocimiento. En ese sentido, insisto en la preexistencia de hombres periféricos que pululan alrededor de un modelo masculino privilegiado en los espacios de representación y enunciación.
     Una de las opiniones sobre este tema que más me ha dejado satisfecha sobre este debate es la respuesta de Fabbri (2019) a la pregunta: “¿Cuál es el rol de los varones en el feminismo?”:
No creo que los varonces cis tengamos que disputar un lugar, un reconocimiento o una credencial como feministas, sino hacer del feminismo una mirada para problematizar nuestras relaciones y nuestras prácticas. En este sentido planteo que varón feminista no es una identidad, sino una relación. (s.n.)    
     Una relación con la lucha feminista. Una reflexión que lleve a la acción desde los lugares que ocupan los hombres en las esferas sociopolíticas para extender este discurso sin necesidad de explicar a las feministas cómo realizar sus luchas o legitimarlas en los espacios. Sin intenciones de protagonizar un movimiento que se encarga de reconocer, legitimar, valorar y visibilizar a las mujeres. Habrá que erradicar ese paternalismo político que pretende “corregirnos”, “ayudarnos”, “protegernos” y explicarnos cómo son “realmente las cosas”.
     Actualmente circula en redes sociales una diferenciación que trasciende a lo que pareciera un typo: hombre y onvre. Propongo una definición breve y somera sobre ambas palabras.
     Por una parte, hombre se referiría al sujeto masculino en el camino hacia una deconstrucción de género, atento y autocrítico sobre su papel social de macho potencial pero que ha decidido buscar otras formas de experimentar su género, asumiendo un compromiso ético-político como el que ejemplifiqué previamente. Quien se ubica dentro de esta primera categoría no necesita ni exige ser reconocido todo el tiempo por no acosar, no violar y autoproclamarse en redes sociales como feminista argumentando #notodosloshombres.
     Por otra parte, para las y los cibernautas que estén familiarizados con la palabra onvre, sabrán que hay un contexto de mofa alrededor de ella. Una mirada ingenua podría pensar que es un simple e(ho)rror de ortografía, sin embargo, considero que va más allá de ello. No tengo pruebas pero tampoco tengo dudas. En un contexto informado en temas relacionados con los estudios de género y feminismos, donde se sabe que la lucha feminista no busca erradicar a los hombres sino al patriarcado, se puede reconocer el matiz de diferencia: un onvre sería todo aquél sujeto masculino que sigue reproduciendo un estereotipo y el mandato respectivo en aras de alcanzar un estado hegemónico; aquél que se siente cómodo en sus privilegios y quien se siente amenazado por el posible desplazamiento del trono patriarcal debido a las luchas sociales y políticas de las terroristas de su Estado de aparente bienestar: las feministas. Una versión de este tipo de onvre es el que dota de una cómica veracidad al personaje de Nacho Progre: la imagen del feministo con ideas progresistas. Un personaje que encarna la contradicción e incongruencia de ideas que habitan en un sujeto que, a pesar de su discurso progresista y jerga intelectual, continúa con la reproducción del machismo, por lo tanto denuncia precisamente esa falta del compromiso ético-político. De ahí la importancia de sostener la autocrítica, como menciona Nogués (2019): “Autodenominarnos como feministas no nos hace mejores personas si no logramos darnos cuenta en nuestro día a día de nuestros micromachismos, de nuestros mansplainings y de qué mandatos y patrones tóxicos aún seguimos replicando” (s.n.). Ojalá esto funcionara sólo como una broma distante de la realidad; no obstante, Nacho Progre resulta una sátira feminista creada por Cynthia Híjar y Carmina Warden, con este personaje proponen la representación de un neomachista que representa discursos y actitudes que extraídos de la cotidianidad o, por lo menos, es lo que, en palabras de las creadoras de Nacho Progre, algunas cibernautas han dejado saber:
La gente lo recibe como a alguien ya conocido, con mucha familiaridad. Y creo que esa es una de las razones por las que se volvió popular tan rápido. La gente, en especial las chicas, lo reconocen en sus amigos, en sus compañeros de trabajo, en sus exparejas. Ese personaje existía antes y nosotras le pusimos imagen y nombre propio. (Híjar, 2020, s.n.)
     En un mundo donde los feminismos cada vez van tomando más espacios físicos y simbólicos, claro que han surgido efectos en el orden social. Actualmente sería difícil encontrar a alguien que exprese una identidad machista por la carga negativa que afortunadamente ha cobrado esa palabra, como lo menciona Ana de Miguel (2015): “En los tiempos modernos que corren ya no es posible legitimar la desigualdad en términos de la inferioridad intelectual o moral de las mujeres. Sería poco cool, eso queda, en todo caso, para el pensamiento conservador” (p. 23). Sin embargo, la negación de un machismo contribuye con un espejismo de la igualdad (Valcárcel, 2015), el cual nubla el estado de las cosas y supone entonces que ya no hay más qué hacer en el territorio de la igualdad de derechos tomando en cuenta las diversidades sexo-genéricas.

Concluyo: Los peligros del discurso que no llegan a la praxis
Durante los últimos meses decidí extender mi mirada crítico-analítica hacia el estudio de las masculinidades. No ha sido tarea fácil desglosar cada idea, en ocasiones sorprendiéndome de mis propios prejuicios que me he dado a la tarea de cuestionar mas no sé si arrancar. En mi ética personal no pretendo educar a los onvres en los feminismos, ni proponerlos como clave en esta lucha, ni forzar espacios mixtos, ni convencer a nadie de una heterosexualidad, ni victimizar a nadie. Reconozco la red de relaciones que entretejemos, las angustias y ansiedades que producen los mandatos de género, ese deber-ser que construye todo un iceberg de violencia de género que urge frenar.
     Sin embargo, sí creo que el trabajo de, con y para las masculinidades debe realizarse por los pares varones, construir relaciones donde rompan con sus pactos patriarcales en sus espacios de socialización; de otro modo, se reincide en responsabilizar a las mujeres de la educación de los hombres, como si la realidad no desbordara todavía la desequilibrada responsabilidad de la crianza en las mujeres como para prolongarlo con otras personas y en otras situaciones. Por ello que resulta de gran relevancia el siguiente comentario de García (2015):
Asumir una nueva masculinidad se convierte en un paraguas que protege de las demandas del movimiento social de mujeres, el feminismo y las organizaciones de hombres, pero al no basarse en un replanteamiento de las relaciones de poder, puede develar que se trata del mismo sexismo con un ropaje distinto, más plástico. (p. 103)
     Ante la plasticidad o la falta de compromiso ético-político es donde hay que permanecer alertas sobre todo en cuanto a las relaciones de poder. Reconocer nuestros privilegios de género, raza y clase, así como trabajar en pos de deconstruirlos potenciarían el camino hacia consolidar una sociedad más justa. Cuestionar el poder me parece un aspecto clave para desmontar este sistema patriarcal y, por ende, expandir las posibilidades de ser más allá de lo que implica la imposición de los mandatos de género.
     La relación de los hombres con los feminismos es importante y esencial en un camino que busca frenar la desigualdad y las formas de violencia machista. Por supuesto que los varones obtendrían beneficios de ello, pero sobre todo resalto la urgente demanda social por buscar todas las formas posibles para detener la ola de violencia de género que afecta principalmente a la población femenina. La historia de los feminismos ha demostrado que: “Nada nos han regalado y nada les debemos. [...] Ya que hemos llegado a divisar primero, y a pisar después, la piel de la libertad, no nos vamos” (Valcárcel en Varela 2008, s.n.). Los alcances del empoderamiento femenino son incuestionables, pero si cada quien asume el aludido compromiso ético-político desde sus intereses y espacios de socialización, creo que podríamos acelerar el proceso de transformación social que gira en torno al género.

Referencias bibliográficas:
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