¿Cuántos secretos crujen
en los marcos de una foto familiar?
Traté de encontrar un sentido perdiéndolos todos... Y parece que lo logré. El punk rock permanece.
Cristina Peri Rossi
ASOMBRO
«Enséñame», dices, desde tus veintiún años
ávidos, creyendo, todavía, que se puede enseñar alguna cosa
y yo, que pasé de los sesenta
te miro con amor
es decir, con lejanía
(todo amor es amor a las diferencias
al espacio vacío entre dos cuerpos
al espacio vacío entre dos mentes
al horrible presentimiento de no morir de a dos)
te enseño, mansamente, alguna cita de Goethe
(«detente, instante, eres tan bello»)
o de Kafka (una vez hubo, hubo una vez
una sirena que no cantó)
mientras la noche lentamente se desliza hacia el alba
a través de este gran ventanal
que amas tanto
porque sus luces nocturnas
ocultan la ciudad verdadera
y en realidad podríamos estar en cualquier parte
estas luces podrían ser las de New York, avenida
Broadway, las de Berlín, Konstanzerstrasse,
las de Buenos Aires, calle Corrientes
y te oculto la única cosa que verdaderamente sé:
solo es poeta aquel que siente que la vida no es natural
que es asombro
descubrimiento revelación
que no es normal estar vivo
no es natural tener veintiún años
ni tampoco más de sesenta
no es normal haber caminado a las tres de la mañana
por el puente viejo de Córdoba, España, bajo la luz
amarilla de las farolas
no es natural el perfume de los naranjos en las plazas
—tres de la mañana—
ni en Oliva ni en Sevilla
lo natural es el asombro
lo natural es la sorpresa
lo natural es vivir como recién llegada
al mundo
a los callejones de Córdoba y sus arcos
a las plazas de París
a la humedad de Barcelona
al museo de muñecas
en el viejo vagón estacionado
en las vías muertas de Berlín.
Lo natural es morirse
sin haber paseado de la mano
por los portales de una ciudad desconocida
ni haber sentido el perfume de los blancos jazmines en flor
a las tres de la mañana,
meridiano de Greenwich
lo natural es que quien haya paseado de la mano
por los portales de una ciudad desconocida
no lo escriba
lo hunda en el ataúd del olvido.
La vida brota por todas partes
consanguínea
ebria
bacante exagerada
en noches de pasiones turbias
lánguidamente
pero había una fuente que cloqueaba
y era difícil no sentir que la vida puede ser bella
a veces
como una pausa
como una tregua que la muerte
le concede al goce.
Primer viaje
fue el del exilio
quince días de mar
sin parar
la mar constante
la mar antigua
la mar continua
la mar, el mal
Quince días de agua
sin luces de neón
sin calles sin aceras
sin ciudades
solo la luz
de algún barco en fugitiva
Quince días de mar
e incertidumbre
no sabía adónde iba
no conocía el puerto de destino
solo sabía aquello que dejaba
Por equipaje
una maleta llena de papeles
y de angustia
los papeles
para escribir
la angustia
para vivir con ella
compañera amiga
Nadie te despidió en el puerto de partida
nadie te esperaba en el puerto de llegada
Y las hojas de papel en blanco enmoheciendo
volviéndose amarillas en la maleta
maceradas por el agua de los mares
Desde entonces
tengo el trauma del viajero
si me quedo en la ciudad me angustio
si me voy
tengo miedo de no poder volver
Tiemblo antes de hacer una maleta
—cuánto pesa lo imprescindible—
A veces preferiría no ir a ninguna parte
A veces preferiría marcharme
El espacio me angustia como a los gatos
Partir
es siempre partirse en dos.
Aquí el link para acceder a todos los poemas, pero ahora y en este espacio solo compartiré el segundo, "Transfiguraciones", porque tengo el interés de hacer un estudio con este tema: el cuerpo y los elementos agregados que producen una semiótica particular.
II
Siempre quise que mi primer labial fuera rojo,
pero me advirtieron que no sería bueno
llevarlo a la escuela ni a mis primeras salidas
con chicos; que el rojo decía cosas que no debían ser.
Mi madre me compró, entonces, un labial palo de rosa
que utilicé antes de ir a una comida en casa de mi primer novio.
A él le gustó ese brillo que daba a mi boca algo de fruta,
algo de ternura satinada, el jugo que asomaba en sus bordes.
Nos besamos de forma muy torpe y caímos
sobre el otro, en medio de la brusquedad, de la urgencia
que escucha en el ruido de la lavadora una canción de amor.
Regresé a mi casa con un pequeño ardor entre las piernas
y el color de mis labios arrastrado hasta las comisuras.
Esa fue la última vez que lo vi.
A veces me pregunto si me recuerda.
Si recuerda las llamadas de teléfono y la desazón
de los siguientes días, mis preguntas a los compañeros de la escuela,
a la maestra de la única clase que compartíamos.
Me pregunto si, como a mí, le habrá ardido el corazón
de tanta huida. Nunca supe por qué lo hizo.
Si lo único que pasó fue conocer los colores
de nuestro cuerpo. Hasta ahora me pregunto,
si el color en mis labios era el adecuado.
Las niñas como yo, aprendimos que podíamos elegir con quién casarnos. Pero para eso era necesario enamorarse. Así corrimos a los brazos del muchacho que mintiera mejor. O del que no tuviera miedo de nuestra capacidad de elegir un marido y el color de las paredes y del techo.
Nosotras elegimos y decidimos. Pero para eso, siempre es necesario enamorarnos. Por eso, cuando cae la noche, nos convencemos de que los silencios y el abandono son muestras de cariño.
A las niñas como yo, nos enseñaron que amar era importante. Por eso un día nos descubrimos evangelizando a cien muchachos, enseñándoles cómo debían amarse. En silencio esperamos que como pago, nos amaran de vuelta, pero eso no sucedió.
Asistimos a infiernos y descubrimos que también ahí hace frío. Y nos convencimos de que las casas sin calefacción son casas de todas maneras. Repetimos orgullosas que el amor era importante, y que amar era nuestra tarea.
Las niñas como yo, decidimos y elegimos cosas importantes: una bicicleta, un color de cabello o una carrera, pero nada fue tan importante porque para que todo valiera, debíamos enamorarnos y convencer a cientos de muchachos de que el color de las paredes, la bicicleta, la carrera, y el techo eran buenas elecciones.
Algunas de nosotras hubiéramos preferido el licor y la noche rancia.
Permítanme hablar en mi lengua árabe
antes de que también ocupen mi lenguaje.
Permítanme hablar en mi lengua materna
antes de que también colonicen su memoria.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas los tonalidades de la ira.
Todo lo que mi abuelo siempre quiso hacer
fue levantarse al amanecer y observar a mi
abuela postrarse y rezar
en una aldea escondida entre Jaffa y Haifa.
Mi madre nació bajo un árbol de olivo
en un suelo que, dicen, ya no es mío;
pero yo cruzaré sus barreras, sus checkpoints,
sus locos muros de apartheid y volveré a mi hogar.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
¿Escucharon gritar a mi hermana ayer,
mientras paría en un checkpoint
con soldados israelíes buscando entre sus piernas
la próxima amenaza demográfica?
llamó a su hija nacida, Jenin.
¿Y escucharon gritar a alguien
«¡estamos retornando a Palestina!»
detrás de las rejas de la prisión,
mientras le tiraban gas lacrimógeno en la celda?
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
Pero me dices que esta mujer que hay dentro de mí
sólo te traerá tu próximo terrorista:
barbudo, armado, pañuelo en la cabeza, negrata.
¿tú me dices que yo mando mis hijos a morir?
pero esos son tus helicópteros,
tus F-16 en nuestro cielo.
Y hablemos un segundo de este asunto del terrorismo…
¿No fue la CIA la que mató a Allende y a Lumumba?
¿Y quién entrenó a Osama primero?
Mis abuelos no corrían en círculos, como payasos,
con capas y capuchas blancas en la cabeza
linchando negros.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
«¿Quién es esa mujer morena gritando en la
manifestación?»
Perdón. ¿Debería no gritar?
¿olvidé de ser todos tus sueños orientalistas?
el genio de la botella,
bailarina de la danza del vientre,
chica de un harén,
voz suave,
mujer árabe,
Sí, amo.
No, amo.
Gracias por los sándwich de manteca de maní
que nos tiras desde tus F-16, amo.
Sí, mis libertadores están aquí para matar a mis hijos
y llamarlos «daño colateral».
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
Así que déjame decirte que esta mujer que hay dentro de mí
sólo te traerá tu próxima rebelde.
Ella tendrá una piedra en una mano y una bandera palestina
en la otra.
Soy una mujer árabe de color…
ten cuidado, ten cuidado,
De mi ira.
El ruido urbano me ensombrece la cabeza.
Anuncios, aviones, autos, personas.
Un tecno sistema estridente.
Todo eso comunica mientras yo me siento a...
querer
comunicar
algo que no puedo expresar
o sí
pero no tan rápido
ni tan conciso
ni mucho menos
fácil.
Acá pienso cada una de las palabras que escribo.
Mientras allá se vomitan,
se esfuman en el aire
o en los oídos que las tocan.
Suspiro.
Pienso.
Es insuficiente, Woolf,
una habitación propia
me queda corta
porque aún teniéndola,
la realidad se impone.
Ring ring, peep, peep, woof, woof!
Qué lata, qué desidia tan irritante sobre la nada.
Por eso el búnker,
a ver si así me dejan sola con mis palabras.
Hay frío en mis extremidades y
demasiado calor en mi cabeza,
y encono en el corazón.
A veces yo también quisiera que la teoría fuera más práctica,
que saber y reconocer las actitudes que nos dañan
tuvieran una condición de desvanecimiento tan sólo al pensarlas.
La varita mágica del dolor.
Estoy cerca de un ciclo de violencia
que lastima
como el humo del tabaco a quienes lo fuman
de manera pasiva
Inhalando el odio
exhalándolo con ánimo de despojo
pero conteniendo siempre algo, aunque sea poco.
Acá lo temible de ser imán de emociones,
es difícil existir con sensibilidad sabiendo que algo va a pegar.
Hondamente
Superficialmente
Mordazmente
Sólo trato de prestar ojos atentos al cultivo
cortar los brotes del odio violento, patriarcal,
para que las hierbas de frescura sanadora tengan más lugar.
Que mis privilegios no me atrofien
la sensibilidad y la empatía.
Que la soberbia de la academia no me impregne
ni de noche
ni de día.
Que mi empoderamiento dinamite las jerarquías.
Que la injusticia sea
mi única
enemiga.
Que las mujeres seamos ese espacio sororo
de resiliencia
y compañía.
Que en nuestros himnos nunca falte
alegría
y rebeldía.
Pero sobre todo pido
que sea reconocida nuestra autonomía,
que se castigue al feminicida,
que cesen los llantos de madres afligidas
por las desaparecidas.
Amen.
(Un poema simple pero, ¡el primer verso no dejaba de rondar mi cabeza!)
¿Qué hago con mi rechazo al miedo,
con mi negación a ser indiferente?
¿Qué hago si mi reacción dista de contenerme
y agachar la cabeza frente a autoridades,
llámense cerdos, llámense padres?
¿Qué hago si la flama en mí se agita
cuando veo la injusticia?
¿Qué hago si mi sentir no se apacigua,
sino que me revienta y me lleva a la acción instintiva?
¿Qué hago ante mi incapacidad
de mantener el equilibrio
a veces, o casi siempre, quizá,
de las vísceras a la racionalidad?
¿Qué hago con ese miedo que no tengo,
o que me rehúso a ponerle un nombre,
o un cuerpo, sobre todo si fuese de hombres?