Mostrando entradas con la etiqueta Teoría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teoría. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de enero de 2022

Querido diario:

Mi mayor consuelo en el universo es que, para bien o para mal, todo pasa. Acabo de terminar de ver Don't Look Up y me quedé desconcertada. ¿Qué será del futuro?, ¿llegaremos a marzo? He estado con pensamientos turbios y sombríos. No sé si debería ser así pero siento que la peli me deprimió un poco más. Ni siquiera sé con quién podría identificarme, pero veo los asquerosos mecanismos del capitalismo neoliberal aliado a los intereses del Estado y casi vomito. Pero también las líneas borrosas entre los discursos eufemísticos de la política y la mercadotecnia. Hace tiempo conversaba eso con B. Él me contaba de un multimillonario que emprendió un proyecto de un tour espacial o algo así (la verdá no lo he corroborado) y que invitó a personas riquísimas a participar en él. Desde ahí pensé "qué jodido, ellos precisamente son los que seguro ya se están construyendo mansiones en otros planetas, y acá quedaremos los que hacían el trabajo sucio que sostenía a esas personas". Eso mismo pasa en la peli, me pregunto qué sería reiniciar una especie humana con esas personas como líderes "originarias". 

Pensaba también en esas teorías que revisamos el semestre pasado sobre el devenir con en contextos multiespecistas de Donna Haraway y cómo ella habla de las principales dos tendencias para pensar el futuro: el "alguien lo resolverá" y el post apocalipsis. Ambas nos libran de responsabilidades individuales, al parecer. Es más, ahora que lo escribo, siento que en realidad esa apuesta incierta de que alguien lo resolverá, responsabilidad delegada a un dios o a lxs humanos brillantes, reduce una gran carga de creatividad e inteligencia a un sector muy reducido de nuestra sociedad. Y lo segundo, esa estúpida tendencia al aceleracionismo solo expresa el egoísmo y el antropocentrismo que insiste en joder, pero ahora sí colectivamente, a todas las especies. Es, para mí, la cumbre de la estupidez. 

Alors, ¿seremos lo suficientemente sensibles para crear futuros que consideren nuestras realidades multiespecistas? 

miércoles, 9 de junio de 2021

Fragmento de Vivir una vida feminista (2018) de Sara Ahmed

Vivir una vida feminista es convertirlo todo en algo cuestionable. La cuestión de cómo se vive una vida feminista está viva como cuestión y es una cuestión de vida.

Si nos hacemos feministas debido a las desigualdades y las injusticias del mundo, debido a lo que el mundo no es, ¿qué clase de mundo estamos construyendo? Para construir moradas feministas es preciso desarmar lo que ha sido armado previamente; necesitamos preguntarnos contra qué estamos, a favor de qué estamos, con plena consciencia de que este sujeto plural que somos nosotras no es un cimiento, sino aquello por lo que trabajamos. Cuando entendamos qué es lo que queremos, estaremos entendiendo qué significa este nosotras, este esperanzado significante que constituye una colectividad feminista. Donde existe esperanza, existe dificultad. Las historias feministas son historias de la dificultad de este nosotras, una historia de quienes han tenido que luchar para ser parte de un colectivo feminista, o incluso han tenido que luchar en contra de un colectivo feminista para defender una causa feminista. La esperanza no existe a costa de la lucha, sino que anima la lucha; gracias a la esperanza percibimos que tiene un sentido de ilustrar las cosas, y trabajarlas. La esperanza no solo, o no siempre, mira hacia el futuro, sino que también nos remolca cuando el terreno es difícil, cuando nos cuesta más avanzar por el camino que seguimos. La esperanza nos respalda cuando tenemos que esforzarnos porque algo sea posible.

lunes, 26 de abril de 2021

De la noche en que Donna Haraway y yo nos hicimos amigas a través de la lectura del Manifiesto ciborg (1984)

"Se ha convertido en algo difícil calificar el feminismo de cada una añadiendo un solo adjetivo o, incluso, insistir en cualquier circunstancia sobre el nombre. La conciencia de exclusión debida a la denominación es grande. Las identidades parecen contradictorias, parciales y estratégicas. El género, la raza y la clase, con el reconocimiento de sus constituciones histórica y social ganado tras largas luchas, no bastan por sí solos para proveer la base de creencia en la unidad ‘esencial’. No existe nada en el hecho de ser ‘mujer’ que una de manera natural a las mujeres. No existe incluso el estado de ’ser’ mujer, que, en sí mismo, es una categoría enormemente compleja construida dentro de contestados discursos científicosexuales y de otras prácticas sociales. La conciencia de género, raza o clase es un logro forzado en nosotras por la terrible experiencia histórica de las realidades sociales contradictorias del patriarcado, del colonialismo y del capitalismo. Y, ¿quién cuenta como ‘nosotras’ en mi propia retórica? ¿Qué identidades están disponibles para poner las bases de ese poderoso mito político llamado ‘nosotras’? ¿Qué podría motivar nuestra afiliación a tal colectividad? La dolorosa fragmentación existente entre las feministas (por no mencionar la que hay entre las mujeres) en todos los aspectos posibles ha convertido el concepto de mujer en algo esquivo, en una excusa para la matriz de la dominación de las mujeres entre ellas mismas." 

lunes, 5 de abril de 2021

Kerido diareo,


En las últimas semanas he mencionado que tengo un pacto patriarcal con unas morras. Lo he llamado así aunque en realidad es una parodia del mismo. Es decir, desde la prepa nos reímos de la figura del machito repulsivo que vemos en nuestros contextos.  Incluso caigo en cuenta de que nos hemos apropiado de lo que Butler llama la performatividad queer, que es "la fuerza política de la citación descontextualizada de un insulto homofóbico y de la inversión de las posiciones de enunciación hegemónicas que esto provoca". De manera ñoña percibo que ahí es donde precisamente radica lo cómico de todo esto, de sentirnos capaces de reírnos de las palabras que se han integrado en los vocabularios para ofender a otras personas por salir de los parámetros de la normalidad (whateverthatmeans).

No es de extrañar que muchos de esos insultos los hayamos recibido en algún momento pero no sé, siento que hay un mecanismo de despolitización inverso del insulto cuando hacemos esto de la performatividad queer. Qué va, es reírnos de nosotras mismas y en ese proceso nos resignificamos algunas heridas emocionales. Hasta siento que de repente lo llevamos demasiado lejos que para cualquiera que no esté familiarizadx con ese lenguaje podría resultar incómodo, ¿imaginan la anormalidad riéndose de su misma condición?, ¿será demasiado cursi decir que resulta terapéutico? 

Me encantan estos espacios en los que aún podemos jugar con todo, como un micro lugar carnavalesco de códigos suspendidos que tampoco comprometen nuestro habitar regular por el mundo. Me da miedo a veces perder mi capacidad lúdica. La neta sin eso mi existencia no tendría sentido, si dejamos de reír (o cualquier otra actividad inventiva), ¿qué nos queda?

Es todo, amikes. Reflexiones random de una morra random.

Pd. A veces me pregunto si será una forma de hacer drag king.

bai

miércoles, 24 de febrero de 2021

De la amsieda en la cuerpa

 Estoy leyendo a Braidotti. Sí. En otra ventana de mi computadora. Mientras la leo trato de encontrar apuntes que me ayuden con mi discusión teórica de mi tesis, por lo tanto, pienso en adolescentes mientras leo... pero las subjetividades adolescentes que pude recopilar a través de mi proyecto. Pero también en mí. Pienso en esto que señala Braidotti acerca de que su documento se propone más entender el qué queremos ser en lugar de aseverar qué somos. Me parece importante porque me hace pensar que esas preguntas ya no parecen tener lugar a cierta edad, es decir, como si en los gestos interrogativos hacia las infancias o adolescentes sólo tuviera una validez porque aún no son nada o son personas con potencia de desarrollo. Esa mirada adultocéntrica nos sitúa entonces como si nosotrxs, quienes ya tomamos ciertas decisiones formativas en la vida, ya sea académicas o laborales, como sea, ya no deberíamos plantearnos qué queremos seguir siendo. Me parece preocupante. Es en realidad como una falsa caída del telón de la vida. Aquí no se acaba, aquí se sigue poniendo interesante a partir de la autonomía y conocimientos del mundo obtenidos, en algunos casos. 

En fin, me remitió a mi Yo adolescente. Memoria que trato de evadir un poco porque me daba miedo que se atraveSara en mi discurso. Pero ahí está. La viva muestra está en la antepenúltima oración. Aquí estoy yo con mi subjetividad y mi experiencia irremediablemente. Pero bueno, decía que me causó algunas reminiscencias: la amsiedá del futuro expresada en varios momentos; el estrés del desorden que era mi vida en ese tiempo. Comía jabón en la pubertad. Tuve un éxtasis por los rábanos con limón y chile. Pero en la adolescencia, rayos, me arrancaba el cabello, uno por uno en un gesto casi compulsivo y disimulado, según yo. Tuve que disciplinarme por el miedo a quedar calva. Ahora, años después, más de una década, más bien mi cabello se cae cuando hay estrés. Aún no sé qué quiero ser, estoy expectante de todo esto que soy y que mañana no seré del todo. Estamos fluyendo, sí... 

domingo, 17 de enero de 2021

Investigo y hallo destellos de literatura digna de compartir

Hoy estoy leyendo para una ponencia que tengo en proceso de elaboración y me encontré con un término desconocido que decidí investigar. Una primera fuente fue esta y me pareció interesante la forma en la que habla de Los monederos falsos de Gide. De ahí rescatan una cita y como me gustó mucho decidí replicarla aquí en mi cuarto virtual que es este:

“Pero, mi amigo, sabe bien que no hay nada mejor para eternizarse que las «situaciones falsas». Es asunto de ustedes, novelistas, buscar resolverlas. En la vida nada se resuelve, todo continúa. Habitamos en la incertidumbre, y continuaremos hasta el fin sin saber a qué atenernos; mientras tanto, la vida continúa como si nada sucediera. Y de aquí cada quien que tome su parte, como todo el resto… como todo lo demás. Adiós”


viernes, 23 de octubre de 2020

Hoy me encontré con esta publicación de "La vagabunda" (nombre/usuarix de Facebook) y decido guardarlo para la posteridad (los primeros dos párrafos son míos):

Yops cuando la hago de pedo y siempre salen con que si ya podríamos no pensar en una cuestión de género en la escritura o la muerte del autor.. Bueno, para mí también habría que pensar en la estructura que posibilita el acceso a ciertas lecturas y arrumba otras. ¿Quiénes han conformado el canon atribuyéndose el poder de la censura o proliferación de ciertas obras? 

Yo tampoco quisiera que aún fuera un tema para discutir, pero ya que el mundo tampoco ha cambiado lo suficiente para que no sea un tema importante, pues seguiré insistiendo con ello en todos mis espacios -.-. Sobre todo por condiciones genealógicas, ya que esta esfera de la cultura también ha sido terriblemente misógina.

Post by La vagabunda

El asunto de separar al autor de la obra es misógino, racista y clasista, supone que es nuestra obligación como escritoras, lectoras, estudiantes de las diferentes licenciaturas, maestrías, doctorados, etc., en letras, amantas de las letras, pasar por alto y perdonar a feminicidas, violadores, pederastas, torturadores emocionales, tratantes, etc., en nombre de respetar un canon que ellos mismos construyeron y legitimaron entre ellos.

Hay quienes dan por hecho que al negarse a leer a Octavio Paz por ser un maltratador misógino, racista, chantajista, que hizo de la vida de Elena una cárcel y que intentó destruirla creativamente, es negarse a conocer la poesía mexicana como si no fueran poetas mexicanas del mismo siglo: Elena Garro, Pita Amor, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Enriqueta Ochoa, Concha Urquiza, Carmen Alardin, Griselda Álvarez, Germaine Calderón, María Entiqueta Camarillo, Rosina Conde, Pita Ochoa, Elsa Cros, Coral Bracho, Isabel Fraire, Emma Godoy, Elva Macías, Margarita Michelena, Thelma Nava, Margarita Paz Paredes, Aurora Reyes, Maricruz Patiño, Ulalume González de León, Rosa María Roffiel y muchas más.

Que no leer William Burroughs, el asesino de Joan Vollmer, que por cierto salió de la cárcel en Lecumberri 13 días después de haber sido  declarado culpable del asesinato de la quien fuera su esposa, nos priva de conocer a la generación beat como si no existiera la obra de Marge Piercy, Elise Cowen, Diane di Prima, Denise Levertov, Joanne Kyger, Lenore Kandel, Ruth Weiss, Janine Pommy Vega, Anne Waldma, Brenda Frazer, Hettie Cohen, Elizabeth Bishop, Maxine Kumin, Lucille Clifton, Kay Ryan, Elizabeth Alexander, entre muchas otras.

O al respecto de los escritores latinoamericanos que erotizan la pedofilia como García Márquez, y la idea de que no leerlo nos hace ignorar el realismo mágico, aunque tengan obras maravillosas María Luisa Bombal, Elena Garro, Silvia Ocampo, Isabel Allende, y otras escritoras del boom latinoamericano como Núria Marrón y Clarice Lispector, entre otras.

Sobre no leer al violador de Pablo Neruda, que nos perdemos de la poesía militante, aunque nos regocijemos en los versos de Ana María Rodas, Gioconda Belli, Rosa María Roffiel, Alaide Foppa, Ruby Arana, Ligia Guillén, Carla Rodríguez, Mariana Sansón, Josefa María Vega, Rosa Umaña Espinoza, Vidaluz Meneses  Michelle Najlis, Esperanza Ramírez, y de las chilenas: Pía Barros, Heddy Navarro, Carmen Berenguer, Teresa Calderón, Constanza Lira, Paz Molina, Natasha Valdés, Heddy Navarro, Myriam Díaz-Diocaretz, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Carmen Berenguer y otras.

Con Arreola, el violador de Elenea Poniatowska, y torturador psicológico de Tita Valencia aseguran que no sabemos apreciar la literatura mexicana, pero nosotras tenemos presentes a Tita Valencia, Amparo Davila, María Luisa Mendoza, Ángeles Mastretta, Nelli Campobello, otra vez Elena Garro, Rosa María Roffiel, Rosario Castellanos, Rosina Conde, Teresa Dey, Inés Arredondo, Cristina Rivera Garza, etc.

Y así un sin fin de ejemplos a lo largo se la historia de la literatura, en las diferentes geografías del mundo, donde las mujeres artistas (no sólo las literatas) tienen una obra muy rica, obras que te tocan las entrañas y te cambian la vida, pero son dejadas para después porque la academia sostiene que tenemos que separar al autor de la obra y que hay que leer religiosamente y por obligación, como si no nos hubiera robado ya toda nuestra formación académica, a los grandes escritores sin importar cuán ruin haya sido su existencia, ni de cuántas formas destruyeron la vida de las mujeres que tenían cerca, porque de no leerlos vamos a la hoguera por falsas literatas alegando que si no los leemos a ellos, no tenemos referentes literarios.

El asunto de separar al autor de la obra es un mecanismo más de invisibilización de la literatura escrita por mujeres. Decirnos que no leer hombres es no leer, demuestra el punto, han perdido mucho tiempo leyendo a esos hombres que son la antítesis del artista, que debería crear, no destruir; y se han perdido de una gran parte del universo literario por aferrarse a un canon rancio, masculino, heterosexual y blanco.

El arte no cabe en la academia, la literatura es más grande que el canon, y cuando decidimos no leer hombres no estamos renunciando a nada, al contrario, nos estamos dando la maravillosa oportunidad de leer a las miles de mujeres que no son leídas como lo merecen, de reconstruir la historia de nuestra palabra y de encontrarnos con un basto universo de literatura escrita por mujeres en todos los siglos, en todo el mundo.

No es ético separar al autor de la obra, sobretodo porque eso se hace para no bajar del pedestal a los que son consideran los grandes escritores, los grandes clásicos, los grandes referentes de la literatura, aunque no sean sino feminicidas, violadores, grandes misóginos; y porque se hace para no abrirle paso al estudio de las letras de las mujeres más allá de algunas materias optativas en algunas universidades, porque claro, conocer la literatura escrita por hombres es obligatorio, pero conocer la literatura escrita por mujeres es opcional.

jueves, 1 de octubre de 2020

Crítica de la crítica desde un vacío epistemológico.

Cuando pienso en el canon cultural se me viene un olor fétido a patriarcado, a androcentrismo, a machos burgueses. Gente con privilegios que trascendieron en la cultura.

No me jacto de ser irreverente: sólo lo soy. La indiferencia me acompaña al contemplar lo que se erige como sublime; pero tampoco siento con la banalidad. ¿Será que estoy vaciada de sensibilidad visual? 

Yo no imagino la sustancia, trabajo con ella, con extractos de subjetividad; no con forma o materia. Quizá la literatura esté más desprolija de imposiciones visuales. Las generadas están íntimamente asociadas con nuestra historia y almacén subjetivo.

Mejor busco -será porque me reconozco- en los márgenes de los discursos hegemónicos. Y aún así, difícilmente me encuentro.



miércoles, 19 de agosto de 2020

Extracto de "Tecnologías de género" de Teresa de Lauretis

 Esta es la causa por la que encuentro imposible compartir las creencias de algunas mujeres en un pasado matriarcal o en un contemporáneo reino “matrístico” presidido por la Diosa, un reino de tradición femenina, marginal y subterráneo y, más aún, positivo y bueno, amante de la paz, ecológico, matrilineal, matrifocal, no indoeuropeo, etc.; en suma, un mundo no tocado por la ideología, la lucha racial y de clase ni por la televisión; un mundo no problematizado por las demandas contradictorias y las gratificaciones opresivas del género tal como yo, y seguramente esas mujeres también, experimentamos cotidianamente. Por otra parte, y en gran medida por las mismas razones, encuentro igualmente imposible dar lugar al género ni como una idea esencialista y mítica del tipo que acabo de describir, ni como la idea liberal-burguesa estimulada por los anuncios de los medios: algún día, pronto quizás, las mujeres tendrán sus carreras, sus propios apellidos y su propiedad, hijos/ as, maridos y/o amantes femeninas de acuerdo a sus preferencias y todo sin alterar las relaciones sociales existentes y las estructuras heterosexuales a las que nuestra sociedad, y muchas otras, están atadas firmemente.

sábado, 18 de julio de 2020

De la tocaya Ahmed en La política cultural de las emociones

Es significativo que la palabra "pasión" y la palabra "pasivo/a'' compartan la misma raíz latina, passio, que significa "sufrimiento". Ser pasiva quiere decir que se actúa en nuestro nombre, como una negación que ya se siente como un sufrimiento. El temor a la pasividad está ligado al temor de la emotividad, en donde la debilidad se define en términos de una tendencia a ser moldeada por otros. La blandura se narra como una proclividad a ser herida. La asociación entre pasión y pasividad es ilustrativa. Funciona como un recordatorio de cómo la "emoción" ha sido considerada "inferior" a las facultades del pensamiento y la razón. Ser emotiva quiere decir que el propio juicio se ve afectado: significa ser reactiva y no activa, dependiente en vez de autónomaª. Las filósofas feministas nos han mostrado cómo la subordinación de las emociones también funciona para subordinar lo femenino y el cuerpo (Spelman 1989; Jaggar 1 996) . Las emociones están vinculadas a las mujeres, a quienes se representa como "más cercanas" a la naturaleza, gobernadas por los apetitos, y menos capaces de trascender el cuerpo a través del pensamiento, la voluntad y el juicio.


martes, 2 de junio de 2020

La relación entre los hombres y los feminismos en 2020

Lo prometido es deuda: por fin escribí mi ensayo pendiente sobre este tema para mi entrega final del curso de masculinidades. A continuación lo expongo y les dejo la versión PDF dando clic aquí.

Edit [27.01.2022]:  Como humana que soy, crezco, reflexiono, escucho y me sigo construyendo, así que reelaboré esta discusión en mi artículo "Relaciones de las masculinidades desde y con los feminismos", publicado por la revista REDESS.







La relación entre los hombres y los feminismos en 2020
Por Sara Alicia Aguirre Mumulmea


Introducción
Actualmente la etiqueta o adopción del feminismo como una identidad oscila entre lo políticamente correcto y el rechazo absoluto. ¿Qué implicaciones sociopolíticas tiene el hecho de enunciarse como feminista para hombres y mujeres, respectivamente?, ¿cómo vamos a validar nuestras posturas?, ¿validarlas para quién?, ¿a través del feministómetro de quién?, ¿desde qué lugares atravesados por nuestras circunstancias nos legitimamos políticamente? Anuncio desde ahora que no me propongo responder estas preguntas, sino plantearlas en todas sus dimensiones  retóricas, extraerlas de diferentes discursos y discusiones como un punto de partida para el documento que ahora lees.
     No me interesa establecer una preceptiva acerca de quiénes pueden autodenominarse feministas y quiénes no, ni conozco el lugar donde se emiten tales credenciales. En cambio, propongo algunos aspectos que considero importantes de tener en cuenta para conversar sobre la relación actual entre los hombres y los feminismos.
     Por lo tanto, el interés de escribir este texto (además de ser trabajo final del curso de masculinidades) se centra en una reflexión individual donde hay más preguntas que respuestas como estudiante de un posgrado en estudios de género. Por ello también me parece importante comprender el ambiente donde se genera la violencia machista.

Primera consideración: ¿Cómo se construye la violencia en la socialización masculina?
En el documental ¿Qué coño está pasando? (2019) la socióloga Cristina Hernández comenta: “La violencia es un problema de los hombres. No es un problema de las mujeres. Es un problema de los hombres que sufrimos lamentablemente las mujeres”. Es cierto que aún no llegamos al mundo idílico de experimentar una vida distanciada del patriarcado, pero cada vez somos más quienes nos sumamos al reto de reconstruirlo a través del desaprendizaje y el cuestionamiento hacia esa estructura. Sin embargo, mi interpretación sobre el comentario de Hernández se refiere a que la socialización masculina y/o el aprendizaje del devenir hombre están también estrechamente vinculados, en términos de Kaufman (1989),  con la tríada de la violencia masculina efectuada contra las mujeres, contra sí mismos y contra otros hombres. Hacia las primeras es por la asimilación de un sistema machista, de superioridad de los hombres respecto de las mujeres; hacia sí mismos por la automutilación y represión emocional, por esa ansiedad de mantenerse fuertes y firmes ante las adversidades y los dolores aunque eso ponga en riesgo su salud integral; y contra otros hombres en la competencia incesante que les reclama el mandato de masculinidad. Aquí podemos ver claramente cómo se cumple lo que en términos de Bordieu (2000) es la paradoja de la doxa: que los hombres son víctimas y, a la vez, se erigen como sus propios victimarios al infligirse violencias en pos de la perpetuación de un sistema desigual que promete mantener sus privilegios pero, ¿a qué precio?

Segunda consideración: ¿cómo y desde dónde analizamos el privilegio de la masculinidad?
Si bien se trata de un hecho indiscutible que los mismos hombres, como sujetos políticos, son quienes se han encargado de configurar el orden social desde hace siglos y por lo tanto su victimización puede resultarnos paradójica, entonces una no hace más que preguntarse: ¿dónde están las maravillas del trono patriarcal? Hago esta pregunta a la par que reconozco la otra cara de la moneda: la expresión más sublime del machismo, aquella que se sostiene de la subordinación y sumisión de las mujeres. Sabemos que estos casos han existido y nos acompañan en nuestra actualidad pero, con una mirada de mayor escrutinio hacia la constitución del sujeto masculino, me surgen reflexiones sobre desde dónde se erige ese privilegio, de esta manera relativizo y me desborda el absurdo del sistema patriarcal.
     Segato (2020) comenta: “los varones son las primeras víctimas del mandato de masculinidad […] y una estructura jerárquica como es la estructura de la masculinidad. Son víctimas de otros hombres, no de las mujeres” (s.n.). Según la antropóloga argentina, esta situación entre pares se debe más a la precariedad de la vida que los ha dejado impotentes para conseguir lo que constituye un pilar importante para sostener su virilidad de acuerdo con el sistema capitalista imperante: el trabajo y el éxito. Según el documental The mask you live in (2015) la idea del éxito asociada con el dinero es una de las mentiras que creen los niños en EEUUAA como elemento constitutivo de la masculinidad. Para comprender cómo se configura la identidad masculina resulta provechoso tomar en cuenta el apunte de Connell (2003): “La masculinidad existe sólo en contraste con la femineidad” (p. 2); y para complementar esta idea, retomo lo que también señala Badinter (1993) cuando habla de la constitución de la masculinidad: “Para hacer valer su identidad masculina deberá convencerse y convencer a los demás de tres cosas: que no es una mujer, que no es un bebé y que no es homosexual” (p. 51). En ese sentido, podríamos entender los géneros masculino y femenino como conceptos correlacionales; es decir, que a partir de uno se genera una noción de lo que es el Otro. Un factor importante que ha llevado al cuestionamiento de estos mandatos se encuentra en el empoderamiento femenino que las mujeres hemos ganado con el paso del tiempo. Actualmente los hombres pasaron de ser esenciales para la supervivencia a ser prescindibles. La lucha feminista lleva ventaja histórica en el camino hacia la deconstrucción; los hombres aún tienen mucho trecho que recorrer.

Tercera consideración: de las “nuevas” formas de ser hombre
A lo largo del curso conversamos acerca de las “nuevas masculinidades”, sobre las cuales entiendo la posibilidad de pensar en la masculinidad de maneras alternas a un modelo hegemónico tóxico. Reflexionar, entonces, y reconocer que también dentro de la población masculina hay interseccionalidades, circunstancias que configuran diferentes formas del ser hombre, implicaría entonces romper con dicho modelo de performar la virilidad y encontrar caminos alternos que humanicen los vínculos de los hombres con las mujeres, consigo mismos y con otros hombres.
     Sin embargo, personalmente me causa problemas el adjetivo que indica la novedad en esto. Mis reflexiones me llevan a pensar en la preexistencia de los hombres que no se ajustan al modelo hegemónico de masculinidad ni les interesa alcanzarlo como tal: hombres homosexuales, transgénero y transexuales, hombres de clase baja con aspiraciones económicas que pueden verse imposibilitadas por nuestros sistemas económicos; hombres en fin, cuyas únicas salidas para reafirmar una validez identitaria hace ecos en las violencias. Aquí aludo de nuevo al carácter interseccional que también atraviesa a los sujetos masculinos, pero la ruptura con algunas cláusulas del mandato de masculinidad no los exhime de la práctica machista. Hay sujetos homosexuales a quienes les sobrevive la misoginia y, por lo tanto, la homofobia; hay otros que están muy de acuerdo con la práctica laboral o la participación en la esfera pública de las mujeres, pero que no apoyan en las labores de cuidados. Es necesario que se mantenga en dinámica la autocrítica como sujetos históricos que han gozado de los privilegios, como Nogués (2019) indica: “Pensar que la igualdad es una palabra y no ver que en realidad representa un verbo, pues conlleva una práctica diaria, es caer en el autoengaño de la deconstrucción.” (s.n.); esto lo comenta a propósito del participio “deconstruido”, el cual indicaría un estado acabado de una acción, sobre lo cual Nogués discrepa. Pero en un sentido más extenso y bastante sustancial, García (2015) expone lo siguiente:
Hay una versión muy light, muy superficial de las nuevas masculinidades, por ejemplo, simplemente un hombre que llora es un neo masculino, me parece que desligar la actuación personal de preguntarse por la democratización del poder, justamente no le da soporte a que sea un “nuevo hombre”. Un hombre que al contrario del pasado hoy sí cambia los pañales, pero es el mismo sexista de siempre con sus compañeras de trabajo, o que ahora es más vanidoso y se hidrata la piel, de ahí que para alguna gente la metrosexualidad es una nueva masculinidad. […]. Entonces me parece que si dejamos correr socialmente la idea de que las nuevas masculinidades es cualquier práctica contemporánea de los hombres, se está perdiendo su sentido político. Para mí, sí es un marco muy exigente en todos los ámbitos de la vida, del cambio y la noción central es el tema del poder, o si no, no es. Las nuevas masculinidades, no las veo como un punto de arranque, sino como una dirección del cambio, en la cual la pregunta por el poder, por su renegociación, democratización, por perder espacios de poder, tiene que darse en muchos ámbitos y respecto de muchos comportamientos de la vida y en un intento de buscar coherencia. (Iván García [2012] en García [2015]) (p.101)
     La coherencia a la que alude el entrevistado García me parece que es la de una dimensión ético-política de la deconstrucción masculina. Creo que este compromiso es el que marcaría una diferencia entre lo que se sostiene en el discurso a lo que conlleva la praxis.

Cuarta consideración: De los hombres, onvres y feministos
Presentarnos como feministas, independientemente de nuestro sexo, no garantiza la ética que atraviesa nuestra subjetividad, se manifiesta en un discurso que quisiéramos encontrar en la praxis en una dinámica congruente. Esto lo menciono porque parece que cada vez se vuelve más común encontrarnos con hombres que se nos presentan como feministas, fenómeno que viene acompañado de la resistencia que existe desde algunos feminismos sobre la inclusión y consideración de los hombres dentro del movimiento. Por lo tanto arrojo la pregunta que espero siga motivando una reflexión: si los feminismos son exclusivos para las mujeres, ¿cómo definiríamos el ser mujer en estos tiempos? Si desde Simone de Beauvoir se ha reflexionado acerca del devenir mujer como una categoría construida, ¿los hombres por qué no podrían sumarse a la lucha desde el supuesto ejercicio de empatía?, ¿por qué querrían estar en el espacio históricamente pensado para mujeres?, ¿por qué no convertir sus espacios no tanto en feministas, sino para compartir entre ellos sus inquietudes sobre la construcción de la masculinidad entre pares?
     Hay quienes pensarán que todes podemos ser feministas y esto, al margen de calificarlo como verídico o no, me parece más importante preguntarnos ¿qué significa ser feminista?, ¿usar una playera?, ¿postear en redes nuestro apoyo?, ¿asistir a las marchas? Para mí es un replanteamiento estructural en todos los ámbitos y estar atenta hacia los vestigios de la violencia patriarcal desde los lugares que experimentamos en nuestra existencia. Ojalá pudiera proponer una ética feminista en este momento, pero sería objeto para otro texto.
     Vuelvo con mis preguntas: ¿cómo estar atentas sobre las líneas de poder dominantes? La agenda política del feminismo evidentemente tiene otras cuestiones más importantes que discutir antes que debatir si los hombres pueden ser feministas o no. Este es un tema que les importa a los hombres, los que ahora se sienten excluidos en un espacio que se ha creado históricamente por mujeres. Sin embargo, si hay un territorio en común, sería el interés por la deconstrucción del género y el trabajo que cada quién puede realizar para ello desde su trinchera. También creo que los esfuerzos por ser reconocidos en la esfera feminista serían menos problemáticos y potencialmente más fructíferos si utilizan sus espacios de socialización masculina para desmontar las actitudes machistas de los pares.
     Identificarse como feminista es un acto de resistencia política frente al orden patriarcal que emerge en contestación hacia un modelo hegemónico: el hombre blanco, heterosexual de clase media, y cómo este ha sido considerado la medida de todas las cosas. Con acceso a los discursos y los espacios ha creado el mundo a su imagen y semejanza. Las mujeres fuimos históricamente la Otredad. Sin embargo, el hecho de leer la historia desde otros lugares, tomando en cuenta la clase, raza y el género nos permite darnos cuenta de que hay más voces que han clamado la visibilización, el reconocimiento. En ese sentido, insisto en la preexistencia de hombres periféricos que pululan alrededor de un modelo masculino privilegiado en los espacios de representación y enunciación.
     Una de las opiniones sobre este tema que más me ha dejado satisfecha sobre este debate es la respuesta de Fabbri (2019) a la pregunta: “¿Cuál es el rol de los varones en el feminismo?”:
No creo que los varonces cis tengamos que disputar un lugar, un reconocimiento o una credencial como feministas, sino hacer del feminismo una mirada para problematizar nuestras relaciones y nuestras prácticas. En este sentido planteo que varón feminista no es una identidad, sino una relación. (s.n.)    
     Una relación con la lucha feminista. Una reflexión que lleve a la acción desde los lugares que ocupan los hombres en las esferas sociopolíticas para extender este discurso sin necesidad de explicar a las feministas cómo realizar sus luchas o legitimarlas en los espacios. Sin intenciones de protagonizar un movimiento que se encarga de reconocer, legitimar, valorar y visibilizar a las mujeres. Habrá que erradicar ese paternalismo político que pretende “corregirnos”, “ayudarnos”, “protegernos” y explicarnos cómo son “realmente las cosas”.
     Actualmente circula en redes sociales una diferenciación que trasciende a lo que pareciera un typo: hombre y onvre. Propongo una definición breve y somera sobre ambas palabras.
     Por una parte, hombre se referiría al sujeto masculino en el camino hacia una deconstrucción de género, atento y autocrítico sobre su papel social de macho potencial pero que ha decidido buscar otras formas de experimentar su género, asumiendo un compromiso ético-político como el que ejemplifiqué previamente. Quien se ubica dentro de esta primera categoría no necesita ni exige ser reconocido todo el tiempo por no acosar, no violar y autoproclamarse en redes sociales como feminista argumentando #notodosloshombres.
     Por otra parte, para las y los cibernautas que estén familiarizados con la palabra onvre, sabrán que hay un contexto de mofa alrededor de ella. Una mirada ingenua podría pensar que es un simple e(ho)rror de ortografía, sin embargo, considero que va más allá de ello. No tengo pruebas pero tampoco tengo dudas. En un contexto informado en temas relacionados con los estudios de género y feminismos, donde se sabe que la lucha feminista no busca erradicar a los hombres sino al patriarcado, se puede reconocer el matiz de diferencia: un onvre sería todo aquél sujeto masculino que sigue reproduciendo un estereotipo y el mandato respectivo en aras de alcanzar un estado hegemónico; aquél que se siente cómodo en sus privilegios y quien se siente amenazado por el posible desplazamiento del trono patriarcal debido a las luchas sociales y políticas de las terroristas de su Estado de aparente bienestar: las feministas. Una versión de este tipo de onvre es el que dota de una cómica veracidad al personaje de Nacho Progre: la imagen del feministo con ideas progresistas. Un personaje que encarna la contradicción e incongruencia de ideas que habitan en un sujeto que, a pesar de su discurso progresista y jerga intelectual, continúa con la reproducción del machismo, por lo tanto denuncia precisamente esa falta del compromiso ético-político. De ahí la importancia de sostener la autocrítica, como menciona Nogués (2019): “Autodenominarnos como feministas no nos hace mejores personas si no logramos darnos cuenta en nuestro día a día de nuestros micromachismos, de nuestros mansplainings y de qué mandatos y patrones tóxicos aún seguimos replicando” (s.n.). Ojalá esto funcionara sólo como una broma distante de la realidad; no obstante, Nacho Progre resulta una sátira feminista creada por Cynthia Híjar y Carmina Warden, con este personaje proponen la representación de un neomachista que representa discursos y actitudes que extraídos de la cotidianidad o, por lo menos, es lo que, en palabras de las creadoras de Nacho Progre, algunas cibernautas han dejado saber:
La gente lo recibe como a alguien ya conocido, con mucha familiaridad. Y creo que esa es una de las razones por las que se volvió popular tan rápido. La gente, en especial las chicas, lo reconocen en sus amigos, en sus compañeros de trabajo, en sus exparejas. Ese personaje existía antes y nosotras le pusimos imagen y nombre propio. (Híjar, 2020, s.n.)
     En un mundo donde los feminismos cada vez van tomando más espacios físicos y simbólicos, claro que han surgido efectos en el orden social. Actualmente sería difícil encontrar a alguien que exprese una identidad machista por la carga negativa que afortunadamente ha cobrado esa palabra, como lo menciona Ana de Miguel (2015): “En los tiempos modernos que corren ya no es posible legitimar la desigualdad en términos de la inferioridad intelectual o moral de las mujeres. Sería poco cool, eso queda, en todo caso, para el pensamiento conservador” (p. 23). Sin embargo, la negación de un machismo contribuye con un espejismo de la igualdad (Valcárcel, 2015), el cual nubla el estado de las cosas y supone entonces que ya no hay más qué hacer en el territorio de la igualdad de derechos tomando en cuenta las diversidades sexo-genéricas.

Concluyo: Los peligros del discurso que no llegan a la praxis
Durante los últimos meses decidí extender mi mirada crítico-analítica hacia el estudio de las masculinidades. No ha sido tarea fácil desglosar cada idea, en ocasiones sorprendiéndome de mis propios prejuicios que me he dado a la tarea de cuestionar mas no sé si arrancar. En mi ética personal no pretendo educar a los onvres en los feminismos, ni proponerlos como clave en esta lucha, ni forzar espacios mixtos, ni convencer a nadie de una heterosexualidad, ni victimizar a nadie. Reconozco la red de relaciones que entretejemos, las angustias y ansiedades que producen los mandatos de género, ese deber-ser que construye todo un iceberg de violencia de género que urge frenar.
     Sin embargo, sí creo que el trabajo de, con y para las masculinidades debe realizarse por los pares varones, construir relaciones donde rompan con sus pactos patriarcales en sus espacios de socialización; de otro modo, se reincide en responsabilizar a las mujeres de la educación de los hombres, como si la realidad no desbordara todavía la desequilibrada responsabilidad de la crianza en las mujeres como para prolongarlo con otras personas y en otras situaciones. Por ello que resulta de gran relevancia el siguiente comentario de García (2015):
Asumir una nueva masculinidad se convierte en un paraguas que protege de las demandas del movimiento social de mujeres, el feminismo y las organizaciones de hombres, pero al no basarse en un replanteamiento de las relaciones de poder, puede develar que se trata del mismo sexismo con un ropaje distinto, más plástico. (p. 103)
     Ante la plasticidad o la falta de compromiso ético-político es donde hay que permanecer alertas sobre todo en cuanto a las relaciones de poder. Reconocer nuestros privilegios de género, raza y clase, así como trabajar en pos de deconstruirlos potenciarían el camino hacia consolidar una sociedad más justa. Cuestionar el poder me parece un aspecto clave para desmontar este sistema patriarcal y, por ende, expandir las posibilidades de ser más allá de lo que implica la imposición de los mandatos de género.
     La relación de los hombres con los feminismos es importante y esencial en un camino que busca frenar la desigualdad y las formas de violencia machista. Por supuesto que los varones obtendrían beneficios de ello, pero sobre todo resalto la urgente demanda social por buscar todas las formas posibles para detener la ola de violencia de género que afecta principalmente a la población femenina. La historia de los feminismos ha demostrado que: “Nada nos han regalado y nada les debemos. [...] Ya que hemos llegado a divisar primero, y a pisar después, la piel de la libertad, no nos vamos” (Valcárcel en Varela 2008, s.n.). Los alcances del empoderamiento femenino son incuestionables, pero si cada quien asume el aludido compromiso ético-político desde sus intereses y espacios de socialización, creo que podríamos acelerar el proceso de transformación social que gira en torno al género.

Referencias bibliográficas:
Badinter. E. (1993). XY. La identidad masculina. Madrid: Ed. Alianza.
Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Barcelona: Ed. Anagrama.
Canal PeruculturalHD (1 de abril de 2015). Amelia Valcárcel: La igualdad como preventiva de la violencia contra las mujeres [archivo de video] Youtube. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=cW3Dq_KVhUY consultado en mayo de 2020.
Connell, R. La organización social de la masculinidad. En C. Lomas (coord.), ¿Todos los hombres son iguales? Identidades masculinas y cambios sociales, pp. 31-54. España: Paidós Ibérica.
De Miguel, A. (2015). La revolución sexual de los sesenta: una reflexión crítica de su deriva patriarcal. Investigaciones Feministas vol. 6, pp. 20-38. Disponible en: https://revistas.ucm.es/index.php/INFE/article/view/51377 consultado en mayo de 2020.
Fabbri, L. (2019). «Varón feminista no es una identidad, sino una relación»/Entrevista por Christopher Loyola. Disponible en: http://elgritodelsur.com.ar/2019/10/nuevas-masculinidades-lucho-fabbri.html consultado en mayo de 2020.
García. L. (2015). Nuevas masculinidades: discursos y prácticas de resistencia al patriarcado. Ecuador: FLACSO.
Híjar, C., Warden, C. (25 de noviembre de 2016). Nacho Progre, sátira feminista/Entrevista por Abraham Nava. Excélsior. Disponible en: https://www.excelsior.com.mx/de-la-red/2016/11/25/1130392 consultado en mayo de 2020.
Kaufman, M. (1989). Hombres placer poder y cambio. República Dominicana: Centro de Investigación para la Acción Femenina.
Netflix (productor). Jaenes, M., Márquez, R. (directoras). (2019). ¿Qué coño está pasando? [cinta cinematográfica]. España: Netflix.
Nogués, N. (27 de diciembre de 2019). El autoengaño de sentirte deconstruido. FORBES. Disponible en: https://www.forbes.com.mx/el-autoengano-de-sentirte-deconstruido/?fbclid=IwAR3USPeRgnCD7EB0psi-GyTIhbp5JYARb3L0G5SnU-FDpBDEmrgcrrV5yVQ consultado en mayo de 2020.
Segato, R. (2020). Una falla del pensamiento feminista es creer que la violencia de género es un problema de hombres y mujeres/ Entrevista por Alejandra Ojeda Garnero. Rebelión. Disponible en: https://rebelion.org/una-falla-del-pensamiento-feminista-es-creer-que-la-violencia-de-genero-es-un-problema-de-hombres-y-mujeres-2/ consultado en mayo de 2020.
Siebel, J. (2015). The mask you live in [cinta cinematográfica]. Estados Unidos de Amèrica: Jennifer Siebel Newsom.
Varela, N. (2008). Feminismo para principiantes. Barcelona: Ediciones B, para el sello B de Bolsillo.

miércoles, 1 de abril de 2020

Leyendo "Capitalismo y esquizofrenia" by Deleuze y Guattari

Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos. Aquí hemos utilizado todo lo que nos unía, desde lo más próximo a lo más lejano. Hemos distribuido hábiles seudónimos para que nadie sea reconocible. ¿Por qué hemos conservado nuestros nombres? Por rutina, únicamente por rutina. Para hacemos nosotros también irreconocibles. Para hacer imperceptible, no a nosotros, sino todo lo que nos hace actuar, experimentar, pensar. Y además porque es agradable hablar como todo el mundo y decir el sol sale, cuando todos sabemos que es una manera de hablar. No llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que ya no tiene ninguna importancia decirlo o no decirlo. Ya no somos nosotros mismos. Cada uno reconocerá los suyos. Nos han ayudado, aspirado, multiplicado.

martes, 14 de enero de 2020

Registro bibliográfico virtual

1.- Pons, A. Afecto, cuerpo e identidad. Reflexiones encarnadas en la investigación feminista. (descarga pdf)
2.- B., Judith. Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea.
3.- Lagarde, M. Los cautiverios de las mujeres
4.- Ana Luisa Sierra (coord) Me gustas cuando callas... Los escritores del Boom y el género sexual

Espacios virtuales de contenido feminista que todxs deberíamos tener al alcance del clic

El Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la biblioteca Rosario Castellanos pone esta base de datos al acceso de quien quiera conocer los aportes de investigadoras mexicanas:


Como resultado del proyecto PAPIME con clave: PE302715 se desarrolló la presente base de datos que contiene información de Feministas mexicanas que datan desde el principio del siglo XX hasta la actualidad, así como su producción intelectual que se puede consultar en texto completo como una herramienta para promover los Estudios de Género y el desarrollo de futuras investigaciones.

Puedes consultarla aquí

Blog de Amelia Valcárcel